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“LA DIMENSIÓN CULTURAL DE LA CIENCIA Y LA TECNOLOGÍA”

Conferencia del Excmo. Sr. D. Angel Martín Municio

Todo cambio, toda transición hacia algo que continúa, obliga a una recapitulación de lo anterior. Y de esta manera y en primer lugar, nos hemos de encontrar forzosamente con nuestro propio cambio, con una historia, con la más o menos precisa de la evolución del hombre y con las siempre fantásticas etapas del caminar erecto , la incrustación de la laringe como requisito de la evolución del habla , el progresivo aumento del cerebro estructurado genéticamente como exigencia del pensamiento , y, al fin, el lenguaje , conjunto de señales y de significado, característica esencial del hombre, como consecuencia de la interacción del habla y el pensamiento. De forma que si el habla es una facultad condicionada por una aptitud física anatomofisiológica, el lenguaje es una manifestación de lo que el hombre piensa o siente y expresión de su capacidad de modulación del pensamiento, apto para la reificación de los conceptos, la distinción entre nosotros de ellos,  la elaboración de la idea de lo sobrenatural, y de la investigación de nuestra misma naturaleza y nuestro propio pasado. Lo que incluso nos lleva a interpretar la machacona insistencia con que el primer capítulo del Génesis repite: “Dijo Dios, dijo Dios con su palabra interna, en su decisión, por su pensamiento” .

Y, aunque esto sea ya otra historia, quizá convenga ya, desde el principio, hacer notar que hasta 1842 no se hablaba de las causas de esta evolución ; que hasta 1952 no se comenzó a averiguar la naturaleza del código genético ; y que hasta nuestros mismísimos días no se haya vislumbrado la estructura del genoma humano . Circunstancias estas que, rellenas con numerosísimas aportaciones del último medio siglo de Biología Molecular, han conducido –y no deja de ser notable– a que el problema que nace o que se presenta como un lenguaje se resuelva con otro lenguaje . Precisamente, con el lenguaje universal de una estructura química, la del DNA ,  elaborada mediante la ordenación específica de una corta serie de unidades, pero capaz de suministrar la información conducente a la interpretación de todas las propiedades de la vida, de los seres vivos y del hombre. Y por ello, en el libro de George Beadle, en 1966, titulado “El lenguaje de la vida” , se lee: “El conocimiento del código del DNA ha revelado nuestra posesión de un lenguaje mucho más viejo que cualquiera de los antiguos jeroglíficos, un lenguaje tan antiguo como la vida misma, un lenguaje que es el más viviente de todos, aunque sus letras y sus palabras estén encerradas en las células de nuestros cuerpos” .

Sentada esta primera idea, podemos releer un artículo aparecido hace pocos años en los Comptes Rendus de la Academia de Ciencias de París cuando dice: “La ciencia es tan antigua como la conciencia; ella nació el día en que el hombre, por primera vez, dedicó un instante a la observación de una gota de agua, de leche o de sangre, de un trozo de piedra, de piel, de fruto, y cuando a este propósito se plantea alguna cuestión. Y, después, cuando el hombre confía sus interrogantes a otro crea la información; su reflexión y transmisión constituyen la cultura ”.

style='font-size:14.0pt;mso-bidi-font-size:10.0pt;mso-ansi-language:ES-TRAD; mso-bidi-font-style:italic'>Y desde aquella simple observación inicial de la naturaleza por el hombre, hasta la utilización de los conceptos y los métodos actuales de la ciencia y de la técnica, ha ido surgiendo en cada momento su particular manifestación cultural .  De tal forma que ciencia , tecnología , cultura y sociedad , son variables de una ecuación compleja, son un toma y daca que dura ya muchos miles de años, cuya resultante es otra evolución, la evolución cultural , o sucesión de culturas humanas en la que el periodo del ritmo va siendo cada vez más corto, y en la que asimismo el cambio de las estructuras sociales –puede ya afirmarse– tiene una interpretación fundada en los avances científicos y tecnológicos. De forma que una cultura es el modo de vida total de una sociedad particular: su religión y sus mitos, su arte y sus deportes, su técnica y la totalidad del conocimiento sistemático transmitido a través de generaciones. Hasta el punto de que, dos antropólogos, Alfred Kroeber y Clyde Kluckhohn, han unificado cerca de doscientas definiciones de cultura de la manera siguiente: “La cultura es un producto; es histórica; incluye ideas, pautas y valores; es selectiva; es aprendida; se basa en símbolos; y es una abstracción del comportamiento” .

 

Puede anticiparse, sin embargo, que, en la actualidad, esa abstracción del comportamiento , lo que podríamos llamar el clima intelectual del mundo civilizado, está modulado por la ciencia ; el conocimiento científico es la clase más respetada de conocimiento. La imagen del mundo de la gente culta viene conformada por los descubrimientos científicos, de forma que se habla de la imagen científica del mundo .

Y, manejando estas dos simples ideas, aunque extraordinariamente complejas, la evolución biológica y la evolución cultural , ha surgido ha hipótesis de la coevolución de los genes y la cultura , que establece la mutua interacción entre el desarrollo cognitivo y la cultura que tiene a su disposición. Y, como posible consecuencia de ello, la especie humana ha evolucionado genéticamente tanto en lo que se refiere a la anatomía y la fisiología del cerebro, como en lo que afecta al comportamiento. Sabemos, sin embargo, que el cerebro del Homo sapiens moderno estaba anatómicamente completado hace unos cien mil años; y que desde entonces, hubo de transcurrir la mayor parte de este tiempo hasta llegar al simple aposentamiento estable y sedentario de pequeñas poblaciones en el territorio; cambios que tan solo hace diez o doce mil años forzaron las artes culinarias y se vincularon a diversas prácticas biotecnológicas; pero que hoy, en lo que se dice un santiamén, han florecido más de cinco millones de patentes referidas a tecnologías extraordinariamente complejas. Quiere esto decir que si hace esos cien mil años, la evolución genética y la evolución cultural gozaban de un buen grado de acoplamiento, a partir de la revolución del Neolítico y, más aun, a partir de las civilizaciones de la Antigüedad , con una evolución genética prácticamente inmóvil, la evolución cultural se ha lanzado a una fantástica carrera.

No obstante, la información entre genes y ambiente es difícil de obtener. La obtención de datos en este sentido pasa por la elección de un ser vivo, animal, vegetal o microorganismo, y, en él, la de un gen o un grupo de genes capaces de afectar un rasgo particular. Y una vez  seleccionados todos los ambientes en los que la especie puede sobrevivir, se investiga en ellos la variación del rasgo gobernado por los genes seleccionados; y la variación total de ese rasgo en todos aquellos ambientes en los que la especie sobrevive constituye la llamada norma de reacción de ese gen o de ese grupo de genes en una especie determinada. Este tipo de interacción entre genes y ambiente se ha descrito tanto en los procesos anatomofisiológicos como en el comportamiento social. Así, el sociólogo americano Frank J. Sulloway, en su libro “Rebeldes de nacimiento” , en 1996, ha demostrado que las personas responden fuertemente durante el desarrollo de su personalidad al orden de nacimiento en el seno de la familia, y con ello a los papeles que asumen en la actividad familiar. De forma que los últimos en nacer tienden a ser más innovadores y a aceptar mejor todo tipo de cambios que los primogénitos; y, por tanto, más independientes en la familia y en la sociedad, y más activos en la promoción de los cambios culturales. Con lo que cabe, por tanto, suponer que los genes que influyen sobre el desarrollo extienden sus efectos entre los diversos tipos de ambientes a su disposición. Y un parámetro de esta interacción es la llamada heredabilidad , como porcentaje de variación en una característica determinada debida a la herencia, que se aplica a las poblaciones. De esta forma, gracias a los estudios de heredabilidad se conoce hoy el papel de los genes en alteraciones como la esquizofrenia o el autismo, tenidas hasta hace tres o cuatro décadas como de origen exclusivamente ambiental; y a la inversa, el gran papel del ambiente en el desarrollo del alcoholismo, tenido hasta 1990 como típicamente hereditario. En esta averiguación ha contribuido extraordinariamente el desarrollo de la cartografía de los genes ; así, en el caso de la esquizofrenia se ha averiguado la incapacidad de ciertas neuronas corticales de sintetizar su neurotransmisor, el ácido g-aminobutírico, con lo que se deteriora la receptividad de estímulos e, incluso, el pensamiento racional ordinario. Funcionamiento defectuoso que reduce la integración de la información externa y que ha sido demostrado mediante el seguimiento de la actividad cortical del cerebro en periodos normales y psicóticos mediante las técnicas modernas de imagen del cerebro , como la tomografía de emisión de positrones . En los últimos años se ha descrito en el brazo corto del cromosoma 6 uno de los genes responsables de la esquizofrenia.

En resumen, el conocimiento de la relación entre los genes y la cultura pasa por los estudios de heredabilidad , árboles genealógicos , cartografía de genes , y secuencias de DNA y su expresión génica .

Seguramente que no hay necesidad de insistir demasiado para darnos cuenta de cómo esta descripción que acabamos de hacer acerca de la interacción genes - cultura ha sido posible gracias a otra historia –otra evolución, otro cambio– que se entremezcla con las anteriores: la del progreso de la ciencia y de la técnica , a su vez –como ya ha sido señalado, y lo habremos de repetir– integrantes fundamentales del concepto mismo de cultura .

Si hacemos un breve alto en el camino de esta disquisición, aun apenas comenzada, tenemos que resumir que en ambas ocasiones mencionadas, la evolución biológica y la evolución cultural , ha habido que acudir a la ciencia y a la técnica para poder interpretar tanto los mecanismos individuales como los de su interacción. Resultara obligado, pues, utilizar la historia de la ciencia para que, aun a grandes zancadas, podamos evaluar su presencia y su repercusión en la dimensión cultural de cada momento.

Pocas dudas pueden existir hoy acerca de la antigüedad de la relación del hombre con el hombre en la transmisión de conocimiento, y de cómo se vería influida por los procedimientos que, muy distantes aun de la ciencia, y ya, tras la revolución del Neolítico, tuvieron un primitivo carácter tecnológico. Fue el de los métodos, utensilios y recipientes para la elaboración y conservación de los alimentos, el del paso de la recolección a la producción agrícola y a todas las prácticas instauradas con la desaparición del nomadismo.

Más cercanas, las grandes civilizaciones de la Antigüedad, aun varios milenios antes de Cristo, dejaron documentos, pinturas, tradiciones y mitos acerca de las fermentaciones ; la escritura sumeria conoció la palabra alcohol ; los egipcios documentaron el fenómeno de la palatabilidad , y el malteado actual se utilizó en la biotecnología de la cerveza. Y, desde antiguo, también el hombre sintió el impulso de explorar el universo, su propia naturaleza y las instituciones de que formaba parte.

A la par, como consecuencia inmediata, la manifestación cultural fue también artística. A la vez que el hombre aseguraba su subsistencia frente a un ambiente completamente hostil mediante el desarrollo de una inicial tecnología, cabe pensar que la naturaleza humana tuvo también que sentir la necesidad de exhibir su espíritu de trascendencia y de creación. Y, de esta manera, desde los balbuceos mismos de la civilización, el deleite sensual de la cultura artística se mostró en equilibrio con el sentido utilitario del componente tecnológico de la cultura. A este propósito, Christian Langlois, miembro de la Academia de Bellas Artes de Francia, ha escrito: “En la variedad de razas, de etnias y de pueblos, el hombre ha conocido las más diversas condiciones; de la extrema miseria a la opulencia, de la dulzura de la vida al reino de la ferocidad; ha conocido los éxodos y las masacres, los cataclismos terroríficos y las epidemias exterminadoras, la dominación y la esclavitud. Pero, jamás, aun en los peores momentos de su historia, se ha prescindido del arte y de la belleza” . Y es que, en efecto, a lo largo de la historia de la humanidad, lo útil y lo bello vienen tomando parte de la evolución cultural y social.

Y, desde los primeros balbuceos de la ciencia , el desarrollo corre más convergente que paralelo a la marcha de la sociedad. Desde aquellos, la ciencia cointerpreta la posición del hombre en el universo y es ingrediente esencial a la fábrica de la cultura . En efecto, ciencia y filosofía formaron durante bastantes siglos una unidad que resistió a su fragmentación. Unidad que se puso de manifiesto con los filósofos griegos que cultivaron la ciencia y tuvieron en Aristóteles el representante más ferviente, capaz de recopilar en el siglo IV aC todo el saber científico de la época, lo mismo en la clasificación sistemática de los seres vivos que en el desarrollo embrionario, los cambios evolutivos, el movimiento de los cuerpos celestes o la lógica matemática. Sin que deje de ser impresionante la vigencia de sus observaciones científicas que llegaron a permanecer hasta Galileo –19 siglos más tarde–, hasta Darwin –22 siglos más tarde–, o hasta Boole –24 siglos más tarde–.

Sucedía –y conviene resaltarlo– que para Aristóteles, la filosofía de la naturaleza se definía como el conocimiento perfecto del ser sujeto a movimiento ; en el sentido de que sujeto a movimiento significa que el movimiento y el cambio son lo más característico de las cosas naturales y dan, en consecuencia, la clave de lo que son; y la razón por la cual las cosas cambian es que conllevan un principio de movimiento, llamado naturaleza . Aristóteles y los pensadores de la Edad Media apenas si lograron diferenciar filosofía natural y ciencia natural; y en ellos, las observaciones relevantes a las ciencias naturales marchan paralelas a consideraciones filosóficas fundadas en el realismo y en la significación central de sustancia y accidente. Doctrina aristotélica que, como es bien sabido, se constituyó en el patrimonio común cristiano medieval, alcanzando su apogeo en la alta Escolástica, en que sus obras, a través de las traducciones árabes en los s. XII y XIII, se hicieron accesibles a la Europa cristiana.

Y en el seno de esta unidad, Pitágoras compartió la fundación de la ciencia griega, la matemática en especial; filósofo, matemático y astrónomo, descubrió el teorema que conserva su nombre y demostró la esfericidad de la Tierra; situó la teoría de los números en el centro de la filosofía, y en las relaciones numéricas buscó la armonía y el secreto del mundo. La moderna teoría de la evolución tuvo en Empédocles uno de sus anticipadores al proponer que el nacimiento de los seres vivos se originó en los organismos inferiores a los que siguieron los superiores, primero las plantas y luego los animales y los seres humanos. Empédocles estableció la idea de los cuatro elementos –fuego, agua, aire y tierra– con lo que se concluían las disquisiciones de la más antigua filosofía de la naturaleza acerca de una materia originaria. Demócrito aseguraba que los átomos diferían entre sí físicamente y era en esa diferencia donde había que buscar la explicación de las propiedades de las diversas sustancias. Y Platón se interesó por las abstracciones matemáticas a las que consideró la forma más elevada del pensamiento; y en el Timeo expuso su filosofía de la naturaleza, desde los cuerpos celestes a los seres vivos de la Tierra.

Sin embargo, ya desde la misma línea de partida, y a pesar de la tremenda unidad de origen , la ciencia comenzó, aunque tímidamente, a desprenderse de la filosofía y a desarrollarse de forma independiente. Y así, el nombre de Euclides está indisolublemente ligado a la geometría, y, al lado de Apolonio y Arquímedes, el matemático más importante de la Edad Antigua, y ninguno equiparable hasta Newton, dos mil años más tarde. Hiparco fue el más importante de todos los astrónomos griegos, en el siglo II antes de Cristo, al medirla distancia y el tamaño del Sol y la Luna. Dioscórides, en el s. I viajó con el ejército romano de Nerón y recopiló en 5 libros la primera farmacopea sistemática con el título de “De materia medica” . El médico griego Galeno, en el s. II, fue la primera autoridad en anatomía cuyo prestigio conservó hasta los tiempos de Vesalio en el s. XVI. Y Zósimo, el primer alquimista griego, dejó en el s. IV, en 28 libros el saber alquímico de la Antigüedad. Y en la escuela de Alejandría, el matemático Diodoro distinguió las matemáticas –el arte de medir y calcular los fenómenos naturales– de las ciencias de la naturaleza –la filosofía de la naturaleza–, en el sentido de que las matemáticas estudian las circunstancias concomitantes de las sustancias, mientras que la filosofía razona sobre la composición de la sustancia del Sol.

Un paso más y los siglos iniciales de la Edad Media contemplaron la labor de los primeros Padres de la Iglesia empeñados en armonizar la filosofía griega y la ciencia alejandrina con  la fe cristiana. La influencia de Aristóteles iba perdiendo gradualmente su predominio; casi nadie se acuerda de él en el s. VI, y, durante siete siglos, apenas si fueron tenidos en cuenta algunos comentarios sobre su Lógica . No deja de ser cierto asimismo que la exagerada actitud escatológica de la patrística, con el fin del mundo a las puertas, la inminente venida del reino de Dios y los misterios del juicio, favorecían bastante poco el deseo de investigar la naturaleza. Ya, a este propósito, decía San Ambrosio que   la esperanza de la vida futura no puede edificarse sobre la naturaleza y la posición de la Tierra . Sin embargo, aun bajo esta debilitada influencia aristotélica, la vinculación de la ciencia a la filosofía se conservó en la época árabe merced a la obra de Averroes y Maimónides. Y en el seno de los largos años de decadencia europea sobresalió, en el s. XIII, el enorme esfuerzo asimilador de los dominicos Alberto Magno y Tomas de Aquino en el redescubrimiento de Aristóteles. Los escritos de Alberto Magno, editados completamente en 1651, en Lyon, alumbraron la totalidad de la filosofía aristotélica a sus contemporáneos, además de su propia obra en los campos de la química, la botánica y la zoología. Sin embargo, el tomismo no se hizo cargo tanto de la prolongación de la obra científica de Aristóteles como de integrar sus categorías bajo una perspectiva teológica con elementos de Platón y San Agustín. Y en esta trayectoria conjunta no tuvo que resultar fácil la armonización de la filosofía de Aristóteles con las doctrinas cristianas.

Resulta que, en efecto, no puede darse una mayor conexión entre ciencia y filosofía que el ejercicio simultáneo de ambas, que, como Aristóteles, lo hicieron después Descartes y Leibniz, y, más recientemente, Russell y Whitehead. Pero, a la vez, convendrá subrayar que si ciencia y filosofía , hace veintitantos siglos, formaron esta unidad, merecerá la pena conocer ¿cómo ha tenido lugar la evolución de los conocimientos para que esta unidad cultural haya conducido a la ruptura?, ¿cuál ha sido la herencia bajo la que se produjo la escisión?, ¿será bueno restablecer los engarces perdidos?; y, en cualquier caso, ¿cómo va evolucionando en los últimos siglos la participación de la ciencia y de la técnica en la concepción global de la cultura?

Será siempre importante a este respecto tener en cuenta, de un lado, la evolución y el estado de la ciencia en sí misma y en cada uno de los momentos en que se estudia y se escribe sobre filosofía de la naturaleza ; y, de otro, el concepto preciso de esta filosofía no como un simple sistema de conocimientos acumulados sino como la aspiración de presentar la realidad de la naturaleza. Factores ambos que tendrán mucho que ver con el extraordinario vuelco que la moderna ciencia natural ha experimentado, y con sus exigencias de mejores interpretaciones filosóficas de la realidad de la naturaleza . Relación entre ambos factores, ciencia natural y filosofía de la naturaleza , que ha ido cambiando con los avances de la ciencia , hasta alcanzar sobre todo el clímax del moderno campo de conocimiento de la cosmología , y, dentro de él, la biología . Situación en la que, sin hacer grandes esfuerzos, habrá que considerar la rápida difusión actual de la ciencia y la técnica en el terreno de la cultura .

En la interpretación de estas cuestiones, quizá sea bueno recordar el comentario de Eugenio D’Ors, en su obra  La Civilización en la Historia , cuando dice: “El Renacimiento, a la vez que intensifica la actividad científica del hombre y hace adelantar los conocimientos de la ciencia, rompe su unidad. De todo el saber, la Edad Media como la Antigüedad formaban una síntesis: tan Filosofía era entonces la Astronomía como la Botánica (...) Y es que la actividad científica del hombre nace de dos fuentes: una, el libre juego de la curiosidad, que tiende a averiguarlo todo, a observarlo y experimentarlo todo; y sin  curar de que las adquisiciones logradas por observación y experimentación sean racionales o bien absurdas, opera como un francotirador de la ciencia y le trae, cuando se ejerce libremente, un rico botín; otra  fuerza la ordenación del saber en conjuntos homogéneos, su unificación racional, lo que llamaríamos su legalidad” .

Ahora bien, si el Renacimiento, como señala este comentario, rompió la unidad cultural , ¿qué fuerzas fueron capaces de tensar el hilo de la cultura de la época hasta llegar al límite de su elasticidad y provocar la rotura? En el s. XIII, la obra de Alberto Magno y Tomás de Aquino era colindante con la de sus contemporáneos, algo más jóvenes, los franciscanos de Oxford, representados por Roger Bacon, que se esforzaban en independizar la rudimentaria ciencia física de la teología y la filosofía medievales; y el comienzo de la observación y la experimentación condujo en seguida a mejoras en la producción agrícola, un aumento del comercio y los medios de transporte y de todas las artes mecánicas. Roger Bacon, en resumen, preparó el giro del espíritu europeo en la transición medieval a la Edad Moderna. Desde el otro lado, pero con el mismo resultado, no han faltado filósofos de nombre que filosofan de oficio sin tener en cuenta lo que en cada momento está diciendo la ciencia positiva. Porque, como recientemente ha afirmado Paul Ricoeur al referirse a las relaciones de los filósofos con la ciencia: “La filosofía se agota en sí misma cuando pierde el contacto con las ciencias (...) Cuando la filosofía no dialoga con las ciencias se repite a sí misma (...) A partir de Hegel, y, sobre todo, a partir de Nietzsche y de Heidegger, la filosofía se recluye en un debate con su propio pasado, dejando de lado su relación con la ciencia” . Hemos de aprovechar este momento para asegurar que hubo también otros filósofos que, sin cultivar expresamente la ciencia, se han aplicado a conocerla desde dentro para poder construir sus elaboraciones metafísicas o reales, la materia, el universo o la vida. Según este modo de relación, Kant (1724-1804) utilizó la ciencia de Newton; Comte (1798-1857) se sirvió de diversas ciencias de su tiempo; Schelling (1775-1854) estudió en Leipzig matemáticas, química, botánica y fisiología, que fueron la base de sus obras filosófico-naturales e integró en su visión de la filosofía de la época; Bergson (1859-1941) fue buen conocedor de las teorías biológicas y cosmológicas; y recientemente así han actuado Zubiri, Merleau-Ponty y García Bacca. Y lo que no sea lo uno o lo otro de estas relaciones –convendrá ya concluir–  poco o nada la filosofía podrá brindar a la ciencia y a los científicos para contribuir a forjar las realidades de sus propios saberes.

Precisamente, uno de estos filósofos, Schelling, ya hace más de siglo y medio, llegó a afirmar: “...se ha invertido de golpe lo que entendemos por conocimiento, porque ahora no se trata, como en el caso de la filosofía  trascendental, de explicar lo real a partir de lo ideal, sino al contrario de explicar lo ideal a partir de lo real. Pero eso significa que ya estamos hablando de una ciencia completamente independiente de la filosofía trascendental que ni siquiera tiene por qué recibir el nombre de filosofía de la naturaleza, sino el de física especulativa, porque su saber es acerca de la totalidad de lo real y ya no de lo ideal” . Y en otro lugar: “¡Venid a la física y aprended la verdad! (...) La verdad no se encuentra en la filosofía sino en la física. Pero la tarea no consiste en abandonar la filosofía sino en convertirla a la física o en hacer de la filosofía de la naturaleza toda la filosofía. Semejante tarea es la más propiamente idealista, pero se trata de un idealismo de la naturaleza: la filosofía de la naturaleza nos ofrece una explicación física del idealismo, desde el momento en que enseña a pensar de manera puramente teórica, absolutamente objetiva y sin mezcla de subjetividad...” . Lo que no deja de ser una estupenda anticipación, nada fácil de prever en aquel momento, de la actual extensión cultural de la ciencia.

Volviendo al Renacimiento, hay que  señalar que si su componente humanística permaneció como tema de eruditos, lograron llegar con más intensidad a las clases populares los ingredientes artísticos, científicos y técnicos. Sucedió, en efecto, que durante el Renacimiento, siguiendo las antiguas recomendaciones de Galeno, el cuerpo humano fue explorado, medido e interpretado como una máquina. La orientación de la medicina fue anatómica y mecanicista; con ello se quebrantaba la tradición mágica, a la vez que se rompía la autoridad clásica para originar la experimentación directa en medicina. Fue así cómo el estudio del cuerpo humano en el Renacimiento supuso, por primera vez, un cambio de paradigmas en la historia de la ciencia natural. El Renacimiento se propuso estudiar la naturaleza en todos los sentidos, y, dentro de ella, la medicina no pudo desasirse del interés renacentista por las válvulas y las poleas, que, al incidir sobre la anatomía, dio origen a la observación y la experimentación directas; y redescubrir algo que ya había sido dicho por Hipócrates: “la medicina es una ciencia que debe descubrirse a partir del estudio del cuerpo humano y no una doctrina que deba practicarse sobre él” . En cualquier caso, este inicial desarrollo de las ciencias de la naturaleza, y de la medicina en particular, tuvo mucho que ver con la desvinculación del hecho científico, y de su metodología, de la componente filosófica natural. A completar este cambio de paradigmas contribuyó el despegue de la química de sus encantos alquimistas y la extinción del rescoldo aristotélico de los cuatro elementos. Y la iatroquímica supuso el primer maridaje entre la química y la medicina en el estudio del cuerpo humano.

Tras el crepúsculo de la Edad Media, el Renacimiento contempló extraordinarios avances en la ingeniería, la arquitectura y la óptica, y, a su lado, la incipiente maduración de la división técnica del trabajo en mano de obra y empleo intelectual . En todo este nuevo ambiente social, la sensación de progreso como beneficio y utilidad hacia el bienestar de la humanidad no vislumbra contradicciones ni controversias de cierta envergadura. Y el paso hacia la Edad Moderna va a contemplar las reivindicaciones de sectores específicos de la vida social y política con pretensión de autonomía ; porque tales fueron la autonomía del arte propugnada por Kant, la autonomía de la política reclamada por Maquiavelo, la autonomía de la economía exigida por los maestros del pensamiento liberal británico, y, sin duda alguna, la autonomía de la ciencia reivindicada por Galileo. Y de este terreno de la autonomía de la ciencia , que ahora nos ocupa, se iba en seguida a desgajar la idea de la libertad de la ciencia . Libertad que habría de desdoblarse después, y considerarse completa y total, sin dimensiones éticas, referida a su aspecto cognitivo, y limitada, sin embargo en cuanto a su acción por las cortapisas de licitud moral que las consecuencias, los fines y los medios fueran capaces de imponer. Andando el tiempo –y nosotros mismos somos testigos cada día–, esta libertad, fruto de la autonomía de la ciencia, debe en ocasiones enfrentarse, y guiarse siempre por una elección basada en juicios de valor.

Cuando todo ello sucede nos encontramos ante la emergencia de la ciencia moderna en los s. XVI y XVII, en la que abundan los cambios discretos del orden establecido, que debidos entre otros y sobre todo a Copérnico, Galileo, Kepler y Newton, servirían para apellidar las revoluciones utilizadas como metáforas políticas. De entonces acá el término revolución se va a aplicar a cualquier variación sustancial en el seno de la ciencia, y de aquí la referencia a las revoluciones astronómicas, químicas y biológicas del pasado; a las revoluciones que iniciaron Harvey, Bacon, Darwin, Mendel o Einstein; o, incluso a las revoluciones presentes en los campos de la astrofísica, la física cuántica, la biología molecular o la biotecnología. Discontinuidades de la ciencia que tradicionalmente han impactado con éxito sobre la cultura de las sociedades modernas. Discontinuidades, o si queremos revoluciones, que han ejercido también una extraordinaria influencia y han dejado una marca notable sobre los cambios tecnológicos .

Lo cierto es, sin embargo, que esta edad moderna del saber , desprendida ya de la actitud metafísica frente a las realidades naturales, llevó consigo una especie de dogma que reconoce un avance sin cesar en la mejora de las condiciones de vida, elaborado merced a la prosperidad ascendente en la segunda mitad del s. XVII y en el XVIII, a los notables descubrimientos llevados a cabo por los científicos y al relativo periodo de paz en Europa. A partir de este momento, con todos estos ingredientes, había de surgir el tratamiento teórico del progreso como efecto seguro, necesario e indefinido del conocimiento humano. La idea de progreso comienza a representar una aspiración humana, una meta, como pudieran serlo la convivencia y la libertad.  Y no deja de ser notable, aunque caigamos en la reiteración, que la misma filosofía que 20 siglos antes, en manos de sus cultivadores, acaparó la casi totalidad de la observación en la incipiente ciencia y consolidaba aquella extraordinaria unificación cultural , fue después la que, en otras manos ciertamente, pero al igual cultivadora de ambas, ciencia y filosofía , iba a liberar a la ciencia de sus cortapisas y crear el pensamiento racionalista.

Edward O. Wilson, en su reciente libro   La unidad del conocimiento , se refiere a aquella época de esta manera: “El sueño de la unidad intelectual floreció por primera vez y por completo en la Ilustración original, un   vuelo de Ícaro de la mente que se extendió por los siglos XVII y XVIII. Una visión del saber secular al servicio de los derechos del hombre y del progreso humano fue la mayor contribución de Occidente a la civilización. Inició la era moderna para todo el mundo; todos somos sus herederos” . El siguiente elogio de esta misma época es del historiador Isaiah Berlin: “El poder intelectual, la honestidad, la lucidez, la valentía y el amor desinteresado por la verdad de los pensadores más dotados del siglo XVIII sigue en la actualidad sin tener parangón. Su época es uno de los mejores y más esperanzadores episodios de la vida de la humanidad” . Si la ciencia fue el auténtico motor de la Ilustración, rigurosamente secular, esta daría origen luego a la moderna tradición intelectual de Occidente; si la Ilustración surgió de la revolución científica iniciada en los comienzos del s. XVII, alcanzaría su mayor influencia en los ambientes académicos europeos del s. XVIII, al aglutinar los mejores ingredientes de la gran cultura europea. La ciencia se hacía –quizá por primera vez– participante fundamental de la idea de cultura .

Este entusiasmo de la Ilustración por la ciencia quedó recogido en toda la obra de Francis Bacon (1561-1626); y, como lo harían después Descartes y Newton, invitó a los intelectuales a llevar a cabo la empresa científica. Bacon, lord canciller de la Corona, primer barón de Verulam y vizconde de Saint Albans, no descubrió ni inventó nada, proclamó simplemente que la ciencia podía salvarnos, como lo hace en uno de sus escritos cuando afirma: “...a consecuencia de la caída, el hombre perdió al mismo tiempo el estado de inocencia y su dominio sobre la creación. Ambas pérdidas pueden ser reparadas parcialmente en esta vida. La primera por la religión y la fe; la última por las artes y las ciencias” . Bacon   subordinaba las materias no científicas, y las facultades que las originan, a las científicas y a la razón; en tal medida que en ocasiones desprecia las ramas del saber no científicas frente al predominio de las ciencias naturales en sus esquemas del conocimiento. Su obra puede considerarse dividida en tres partes fundamentales: en el Progreso del saber (1605) critica el estado anterior de las ciencias; el Novum Organon (1620) expone el nuevo método científico; y La nueva Atlántida (1627), fábula utópica en la que bosqueja la sociedad ideal del futuro. Gran parte de sus escritos estuvo destinada al proyecto de unificación del conocimiento , lo que denominaba Instauratio Magna . Aunque solo fuera en esbozo, Bacon describió el método que había de conducir más tarde a los grandes éxitos de la ciencia natural moderna: hipótesis de trabajo, experimentos dispuestos con arreglo a un fin, extracción de consecuencias y formulación de principios universales para ser de nuevo puestos a prueba y sometidos a nueva experimentación. De esta forma dejó Bacon preparado el terreno para el ulterior desarrollo de la revolución científica que se desarrollaría de forma espectacular en las décadas siguientes.

Descartes,  sentó las bases de la creencia en la unidad del saber que de forma tan profunda iba a influir en el pensamiento de la Ilustración. Descartes inventó la geometría analítica, insistió en la duda sistemática como principio fundamental del saber; y, entre 1637 y 1649, introdujo el reduccionismo como método de estudio del mundo según un conjunto de partes analizables por separado; lo que unido al modelo matemático analítico constituyeron potentes instrumentos intelectuales de la ciencia moderna. Como recoge la historia de la ciencia, el año 1642 aparecieron las Meditationes de prima philosophia , de Descartes, murió Galileo y nació Newton. En 1684, Newton formuló las leyes de la gravedad, y, en 1687, las tres leyes del movimiento; y, durante la segunda mitad del s. XVII desarrolló el cálculo infinitesimal, herramienta decisiva en la metodología científica moderna. En cualquier caso, con Newton se penetra en la ciencia natural moderna, aunque titule su obra fundamental Philosophiae naturalis principia mathematica .

Constituye esta época del s. XVII un momento en el que aun no se ha descubierto el oxígeno; la revolución de la química a manos de Lavoisier está a casi un siglo de distancia; y, sin embargo, es válida la teoría del flogisto para, a pesar de su falsedad, coordinar gran número de fenómenos diversos.  Tras los planteamientos de Newton, la filosofía clásica de la naturaleza desaparece casi por completo; el determinismo materialista se convierte en la teoría dominante; el mundo era considerado como un conjunto de cuerpos, cada uno con una masa determinada y con un  movimiento en el espacio bajo la influencia de fuerzas mensurables, y de acuerdo con leyes que pueden expresarse en fórmulas matemáticas. A partir de este desamarre y esta desvinculación, la ciencia va a desenvolverse a sus propias expensas, y tiene, de otro lado, que cuajar sus propias doctrinas y organizar sus instituciones de investigación y administración, así como las relaciones con su entorno social.

Y si lógicamente los impulsos iniciales de la Ilustración  se fueron debilitando y se perdía la fe en el liderazgo de la ciencia –el enfrentamiento de la teología tradicional, la facilidad de muchos para compartir raciocinio y revelación, la dificultad de casi todos para la comprensión del mundo a través de las matemáticas–, a la vez que declinaba la perspectiva de la unidad del saber, su lugar se iría ocupando por la recuperación de la naturalidad , la primacía de la imaginación individual y la evasión hacia las esferas menos comprometidas de la sensibilidad romántica en el arte, la literatura, e incluso en la filosofía, que se dispuso a reinsertar la metafísica en la ciencia.  Movimiento que tuvo en Johann Wolfgang von Goethe a uno de sus representantes más característicos; intentó ser un gran científico y lo fue mediocre; su contribución a la literatura, sin embargo, lo hizo inmortal. En el comentario de su obra, Edward O. Wilson, en el libro antes mencionado, afirma: “Se puede perdonar fácilmente a Goethe. Al fin y al cabo, tenía un noble propósito, nada menos que el emparejamiento del alma de las humanidades con el motor de la ciencia (...) Pero amaba la naturaleza en un sentimiento profundamente espiritual” . Sobrevivió la Ilustración, fragmentada en una serie de doctrinas y escuelas: la ética utilitaria de Bentham y Mill, el materialismo histórico de Marx y Engels, y el pragmatismo de Peirce, James y Dewey. Y subsistieron las concepciones originales ilustradas de las matemáticas, la física y la biología, con las que la ciencia seguía su propio camino. Y tampoco fue incompatible la visión unificada de la Ilustración generada en el s. XVII con la aparición de los grandes campos del conocimiento: ciencias naturales, ciencias sociales y humanidades.

Como resultado de todo ello, y habida cuenta de que la ciencia efectivamente caminaba al terminar el siglo XVIII, y de que el número de científicos y la cantidad de conocimiento adquirido se duplicaban cada quince años, había que pensar que la Ilustración había dejado en el camino buena parte de su interés por el espíritu de unidad cultural, pero que proseguía incesante en la búsqueda de nuevos datos sobre la naturaleza como manifestación indudable de progreso. Parece lógico, pues, que la Ilustración desembocara en las múltiples formas de positivismo que, ampliamente difundido en numerosos sectores científicos del s. XIX, marcó el cambio hacia la época contemporánea de la ciencia; su forma inicial reclama para la ciencia la responsabilidad toda del pensamiento y los lugares de la metafísica y la religión. Este racionalismo materialista tuvo en Berthelot a uno de sus seguidores naturalistas más fervientes; y en su obra Science et libre pensée afirma: ”... la ciencia es la benefactora de la humanidad (...), ella reclama hoy, simultáneamente, la dirección material, la dirección intelectual y la dirección moral de las sociedades” . Al igual que, siglos atrás, lo debió al mecanicismo , la ciencia debe un gran progreso al impulso que la observación, la medida y el hecho experimental promovieron en la metodología científica con arreglo a la norma positivista . Y puede que no sea casual que, en plena época positivista, las ciencias naturales comienzan a dejar de ser la casi exclusiva sistematización de los seres vivos y, en coincidencia con ello, nace el mismo nombre de biología .

Igual que en otras muchas ocasiones, fue la misma exageración de la idea positivista , ese intento de convertir la humanidad en una especie de religión de la ciencia, la restricción a un puro fenomenismo frente a cualquier participación del pensamiento en la elaboración de la realidad, lo que habría de motivar su declive y sustitución, en la segunda mitad del s. XIX, por nuevas corrientes de pensamiento en las que, en diferente grado, vuelve a primar el espíritu humano en la relación del hombre con la naturaleza.

A partir de todo ello, las relaciones del hombre con el hombre, habrían de conducir, en las últimas décadas del s. XVIII, a la revolución industrial y a la revolución política, al estudio de los aspectos sociales y culturales del comportamiento humano bajo los ángulos de la antropología, la política, la economía y la historia misma. Quedaba ya también muy lejos la introducción en el mundo medieval de la energía hidráulica, el arado, la pólvora y el estribo, vinculados al origen y transformación de las instituciones feudales. De igual manera que la máquina de vapor –primera revolución tecnológica–, la revolución política y, a no dudarlo, el idealismo social se entrecruzaron en la urdimbre de la historia del pensamiento del s. XIX. Su contemplación desde miras políticas diversas va a originar nuevas ideologías o, al menos, nuevas tendencias intelectuales que aceptan o rechazan, en todo o en parte, los fenómenos subyacentes. Para ello se redefinen o se acuñan nuevas voces, a través de las que se perciben los cambios de las relaciones sociales: industria y democracia; proletariado, masas y utilidad; capitalismo, crisis y progreso. Ideas todas, más o menos precisas, que   contribuyeron a diseñar el panorama de las relaciones sociales de los dos últimos siglos.

En el s. XX, las nuevas corrientes de pensamiento tuvieron su representación más característica en el Círculo de Viena , constituido en 1923 por Moritz Schlick, discípulo de Planck, que reunió a un grupo de científicos interesados en cuestiones de epistemología y estuvo ligado a la tradición empirista e inductivista de Bacon, Hume, Berkeley y Comte. La denominación empirismo lógico apunta a sus dos fuentes de inspiración en lo que se refiere a su teoría del conocimiento y a su principal herramienta intelectual, la lógica matemática. La epistemología del Círculo de Viena se caracteriza, pues, por su empirismo: No hay más conocimiento que el obtenido por la experiencia y por la aplicación del método del análisis lógico del lenguaje, que permite una separación entre los enunciados con sentido y los que no lo poseen. En relación a todo ello, resultaba lógicamente inevitable la eliminación de la metafísica como carente de sentido ante la falta de verificación empírica de sus resultados. De acuerdo con la epistemología del Círculo , la ciencia es un conjunto de enunciados construidos lógicamente a partir de enunciados fruto de la experiencia inmediata; todo su esfuerzo estuvo encaminado a desarrollar esta idea, a precisar los conceptos de experiencia, verificación, lógica inductiva, etc. Tampoco fue un movimiento completamente unitario y sus variantes se distinguieron por la amplitud y tolerancia de las actitudes filosóficas, al estilo del empirismo científico ; de otro lado, se ha dicho que las posiciones que insisten en la definición exhaustiva de la estructura interna de las teorías científicas se caracterizan por el olvido sistemático de la historia de la ciencia, de sus relaciones con la filosofía de la ciencia y, no digamos con la desvinculación de su entorno cultural y social. En frase de Einstein, la contemplación de la ciencia y la teoría de la ciencia se sustituyeron por una gimnasia intelectual ajena a los problemas de la ciencia, dedicada a bizantinas cuestiones lingüísticas cuando no a planteamientos, artificiales muchas veces e inútiles otras, del tipo de la teoría semántica de la información. Y lo peor ha sido, en cualquier caso, que entretanto quedaron sin el análisis epistemológico debido importantes acontecimientos de las ciencias físicas y biológicas, sobre las que la filosofía de la ciencia tendrá que volver.

Una serie de afirmaciones sobre la ciencia son comunes a los tratamientos del tipo del empirismo científico : 1) la ciencia está unificada; 2) no hay límites para la ciencia; 3) la ciencia ha tenido un éxito extraordinario en la predicción, explicación y control; 4) los métodos de la ciencia confieren objetividad a los resultados científicos, y 5) la ciencia ha sido beneficiosa para la humanidad.

Y, una vez más, la excesiva explotación idealista de las tendencias positivistas fue frenada por un nuevo realismo científico e, incluso, por la situación intermedia de los empiristas racionales para los que los elementos teóricos de la ciencia no representan una realidad diferente de la que supone el fenómeno experimental. Corrientes a las que se adhirieron los grandes físicos de Broglie, Einstein, Born y Heisenberg. A lo que, indudablemente, hay que añadir la posición pivotal de Karl Popper como reacción frente a los ideales que representaban el Círculo de Viena , los metafísicos y el marxismo; y frente a la certeza como ideal del empirismo lógico , Popper juega con la verdad y la idea de representaciones más o menos exactas. La teoría de la ciencia de Popper se centra en los aspectos de demarcación , inducción y refutación y sirve de ejemplo a la utilización de teorías normativas de la ciencia en la planificación científica y, en consecuencia, en la medida del progreso del conocimiento . El criterio de demarcación entre teorías empíricas y no empíricas –seudocientíficas, metafísicas, etc.– es un problema que han tratado muchos filósofos desde la época de Bacon, y que se venía fundamentando en su base observacional y su método inductivo, en tanto que la metafísica y las seudociencias se caracterizan por su método especulativo. En manos de Popper, el criterio de demarcación se establece sobre la idea de un criterio de refutabilidad, implicando que la imposibilidad de refutación de una teoría coloca a esta fuera del campo de la ciencia empírica. Sin que haya que olvidar a este respecto los no escasos ejemplos que la historia de la ciencia nos ofrece de teorías que no fueron capaces de ser verificadas en ciertos momentos del desarrollo de la ciencia, pero que lo fueron, efectivamente, en etapas subsiguientes de la evolución de la ciencia, por ejemplo, la teoría del neutrino y la de la doble hélice del DNA.

 

A través de este reducido y entremezclado panorama de los trances históricos de la filosofía de la ciencia, se ha podido afirmar la existencia en el siglo XVII de una inflexión crítica de confianza positiva en la ciencia y su progreso debido, en gran medida, a la utilización de nuevas ideas y tratamientos. Y es bastante más que probable que hoy atravesamos un periodo, asimismo crítico, fase negativa de confianza social en el valor de la ciencia. Ocurre también que cada tiempo, cada época, con sus gentes y sus guerras, sus políticas de gobierno con sus influencias y prejuicios, imprime una resultante sobre las perspectivas de futuro, y, obviamente, sobre la aceptación social y cultural de la ciencia y la tecnología. Desde bien pronto, la ideología de progreso ofrece varias facetas; o lo que es igual, conviene distinguir el ideal de progreso como tendencia al incremento de bienestar material y social del hombre, del progreso del conocimiento en su conjunto y del progreso particular de las ciencias y sus aplicaciones. Este progreso del conocimiento, con sus ritmos y sus altibajos, va a ser incesante e inevitable; y por sus efectos culturales y por sus aplicaciones contribuye poderosamente al progreso general de la humanidad.

En el seno de la cultura contemporánea, la ciencia es el paradigma del saber. Cada día, la ciencia continúa ganando terreno a lo desconocido; sigue acumulando datos y teorías cuyo valor no puede ponerse en duda, aunque sí quepa preguntarse: ¿es consciente la sociedad de su amplia recepción del valor de la ciencia?, ¿se contempla a la ciencia en tanto que producto social?, ¿relaciona nuestra cultura social la calidad de la vida moderna – sanidad, nutrición, comunicaciones, energía, acceso a la cultura, etc.–con los hechos de la ciencia fundamental?; a lo que cabría añadir: ¿es adecuada la alfabetización científica de la sociedad en cuanto a la necesaria comprensión para la toma de decisiones políticas por sus distintos sectores?

Y hoy, caminamos por la tercera revolución tecnológica , definida por la informática en toda su amplitud –telecomunicación, robótica, inteligencia artificial, modelización matemática y redes neurales–, con la maduración de grandes nuevas áreas del conocimiento al estilo de la genómica y la proteómica , y sin que prácticamente haya comenzado la explotación de la revolución de la biotecnología . Esta nueva edad, la edad de la ciencia , es un lugar común de los últimos siglos en los que la trilogía investigación científica , desarrollo tecnológico y cambio social , domina los sentimientos de la cultura occidental. A la vez, cualquier tipo de aportación científica ya no camina hoy por la misma vía única de la dimensión social, y sin que sea válida, ni siquiera como disquisición académica la disociación del progreso en la ciencia y el progreso en la tecnología.



ANGEL MARTÍN MUNICIO
  • Presidente de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales desde 1985
  • Conferencia pronunciada en el transcurso de la IX Reunión Anual de Ingenieros Industriales de Madrid
  • Formación


    Master Executive en Dirección de Empresas Industriales.




    Programa de Alta Dirección de Empresas.




    Programa Ejecutivo en Gestión de Proyectos de Energías Renovables.



    Os presentamos nuestro programa de formación para este primer trimestre del año 2012, esperamos sea de vuestro interés.

    Nuestras nuevas actividades consisten en cinco Cursos, a celebrar en nuestras aulas sitas en C/ Carrera de San Jerónimo, 5 – 3º

    1. Curso de Arte y Pintura:
      • Primera hora: “Los segundos cien años más importantes en la historia de la pintura, 1825-1925”
      • Segunda hora: “Historia de la Civilización Occidental. Nacimiento y Filosofía del Arte”
      a cargo de D. Francisco Martín Gil.
    2. Curso de Literatura: "Historia y Poesía del Grupo Poético del 27", a cargo de D. Víctor Infantes.
    3. Curso de Historia: "Historia de España 1939 - 2000", a cargo de D. Jesús A. Martínez Martín.
    4. Curso de Informática:
      • 4.1. Introducción Básica a Internet y Windows
      • 4.2. Introducción Media a Internet y Windows
      a cargo de D. Oscar Martín Rodríguez.
    5. Curso de Encuadernación: "Aprender a encuadernar libros deteriorados" a cargo de D. Licinio Serrano de la Fuente y Dª. María Manso.

    Publicaciones


    Ya pueden descargar el libro “CLAVES PARA ENTENDER UN CUADRO” de nuestro compañero FRANCISCO MARTÍN GIL, ganador del “I Premio del Libro del Ingeniero”.




    Ya pueden descargar el libro con los relatos de los premiados en el X Premio de Relatos y Poesía.




    Revista Sectorial de la AIIM Nº 22. Este número está dedicado a Eficiencia Energética.




    Continuando con la tradición de publicar las conferencias organizadas por la Asociación, corresponde editar las pronunciadas durante el año 2009, que tuvieron lugar en el salón de actos del Colegio Oficial de Ingenieros Industriales de Madrid.




    Está disponible el informe "2020. Retos y perspectivas de las energías renovables" presentado en el Congreso Nacional de Medio Ambiente CONAMA9, ahora editado para su mayor difusion desde el Colegio y la Asociación. Con nuestro agradecimiento a quienes participaron activamente en dicho grupo de trabajo.

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