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Sefarad
3º Accesit del I Premio de Relatos
Poco falta ya para que la muerte venza las últimas resistencias que me unen a la vida. Escondido en una triste cueva, frente al mar que tanto quise, herido, enfermo, sin apenas alimento, espero al menos que el fin se presente antes que los perseguidores que me arrancaron todo cuanto más quería y que han llenado mi mente de terror y odio. Y pienso, sorprendido, en las circunstancias que encaminaron mi vida hacia este final en soledad en un país extranjero.
Mi familia siempre vivió en Constantinopla. De padres a hijos se traspasaron los conocimientos de arquitectura que les permitieron intervenir en la construcción de los edificios más distinguidos de la ciudad. De todo el mundo acudían a casa arquitectos para intercambiar información sobre las novedades constructivas más espectaculares y arriesgadas. Mi infancia transcurrió entre personajes venidos de todos los rincones de la tierra que nos dejaban exóticos regalos en correspondencia a la hospitalidad que mis padres les brindaban. Para mí sin embargo el mejor regalo eran las narraciones que, a la caída de la tarde, en nuestro pequeño jardín frente al Bósforo, nos hacían sobre sus países en respuesta a nuestra curiosidad.
Así oí hablar por primera vez de Sefarad. No hacía mucho que yo acababa de incorporarme al trabajo de mi familia como aprendiz. Eran los comienzos de la primavera cuando llegó a casa un nuevo visitante. Era un hombre triste. Por encima de su elegancia en el vestir, por encima de su figura esbelta, por encima de sus primeros signos de vejez, su rasgo más sobresaliente era el halo de tristeza que se percibía a primera vista. Seguramente contribuían a ello no sólo sus ojos negros, hundidos en lo profundo de un rostro moreno surcado por las primeras arrugas, sino también su trato, de lentos ademanes llenos de respeto y afecto hacia la persona a la que dirigiera su atención, ya fuera mi padre o el más inferior de nuestros criados.
En una noche de mediados de abril, en la que el perfume del jazmín nos predisponía a oír embelesados historias de países lejanos, el viajero contestó así a nuestras primeras preguntas sobre su origen. Sefarad es mi patria, nos dijo, aunque llevo ya muchos años lejos de allí. Los abuelos de mis abuelos, huyendo de su tierra natal donde las ambiciones de algunos les habían convertido en extranjeros, llegaron al confín de este bello mar nuestro, a la tierra en la que el sol y sus habitantes acogen por igual a cuantos allí acuden. Después de recorrer una gran parte de nuestro mundo, sé que es difícil distinguir unas tierras de otras. En todas partes las gentes se afanan por mejorar su forma de vivir para preservar a sus hijos del sufrimiento y organizan sus comunidades con este fin. Sus casas, sus monumentos, sus templos, varían según sean sus necesidades y sus creencias, pero todas se parecen en ese ansia de proteger la transmisión de su propia vida. Sin embargo, Sefarad tiene algo de lo que carecen otras patrias. Y no sólo hablo de mis recuerdos. Hablo también en nombre de todos los que me precedieron, los que llegaron con la esperanza derrotada y pudieron transmitir a sus hijos una vida ilusionada. Los que trabajaron en pequeñas comunidades en las que el respeto era la primera ley de la convivencia. Los que se mezclaron con los orgullosos cristianos, los temerosos judíos, los apasionados árabes. Todos ellos me han enseñado a querer a Sefarad por ser el único país sobre la tierra donde una persona puede amar a su Dios sin peligro y a su gente sin preocupación. Después de haber visto en otros países tanto dolor inútil, tanto odio sin sentido, dentro de mí ha crecido, como un enamoramiento de adolescentes, mi amor a Sefarad.
Enseguida mi padre y mis tíos le abrumaron con preguntas sobre el estado de la arquitectura en aquel país y entonces su conversación se tornó apasionada y la tristeza pareció que abandonaba sus ojos por un instante. Y así nos contó cómo en Sefarad las catedrales cristianas se edificaban junto a las sinagogas judías y a las mezquitas árabes y cómo todos los constructores y arquitectos colaboraban juntos en el estudio y resolución de los problemas en una fraternidad por encima de las creencias y las dependencias políticas. Mencionó nombres evocadores, como Segovia, Toledo, Córdoba y Granada, a la vez que explicaba los estilos arquitectónicos, sus puntos de coincidencia, la evolución de la técnica, los materiales empleados. Al nombrar Granada, giró la vista hacia mí y como si no hubiera nadie más que yo en nuestro jardín, comenzó a hablarme de la ciudad más bella que existe en el mundo, donde el aire tiene la transparencia del Paraíso, el agua pone música en todos los rincones, el sol hace de oro todo cuanto toca y la tierra ofrece la nieve más alta y los frutos más dulces. Y en esa ciudad los artistas más afamados de Sefarad habían construido un palacio que pudiera contener el aire, el agua, el sol y la tierra en armonía perfecta. Y si un joven arquitecto de estos días quería que su nombre se recordara en los años venideros, tenía que conocer aquello. Su discurso apasionado prendió en mi espíritu joven con facilidad. De modo que, después de algunos años de aprender el oficio con mi familia sin que la llama de Sefarad mermara lo más mínimo dentro de mí, mi padre consintió en que, dejándolo todo, me encaminara a la que ya creía mi nueva patria.
Los años más felices de mi vida fueron los que pasé colaborando en las últimas construcciones de los palacios de los reyes de Granada. Todo lo que aquel viajero había contado sobre Sefarad lo pude comprobar en mi propia vida. Allí formé una familia que vivía gozosa sin distinguir apenas cuál era nuestro origen ni el de nuestros vecinos. Allí trabajé junto a las obras más bellas que un arquitecto de cualquier época pueda soñar, aprendiendo a combinar elementos y materiales para conseguir efectos de armonía y paz sobre el alma.
No sé cuándo comenzó a enturbiarse el aire siempre transparente de Granada. Cuándo el recelo comenzó a circular por las calles, entre los vecinos. Cuándo un odio aún sutil comenzó a alcanzar a los más pequeños, en sus juegos de la escuela. Sé que fue la ambición de algunos la que prendió un fuego apestoso que ya nadie fue capaz de sofocar. En cada persona ajena surgió un enemigo y ya el odio se desató como viento de tormenta y lo destruyó todo.
Y ahora, cerca ya del fin, evoco el perfume del jazmín en mi jardín de Constantinopla. Y mi sueño de Sefarad. Nuestro Sefarad perdido.
Francisco Scott Galdós, 2002
Sobre el Autor
Francisco Scott Galdós es el lema utilizado por D. Ramón Mª Osorio de Rebellón Dorda para el I Premio de Relatos.
Sobre el Concurso
La AIIM convocó, el pasado 2002 convocado dos cursos, uno de Relatos cortos y otro de Poesía, extensivos a ingenieros industriales, con plazo hasta finales de octubre.
Actualmente, la AIIM está trabajando en la edición de todas las obras premiadas en el I Premio de Relatos y el I Premio de Poesías. Esperamos ponerla próximamente a disposición de nuestros Asociados.

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