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Malbarro
1º Premio del I Premio de Relatos
Era difícil llegar a la casa de Martín Nieto. Vivía en la barriada de Quintana, al sureste de la ciudad. El trayecto en carro se hacía inviable. Las calles, angostas, eran hebras enmarañadas. Ninguna más ancha de cinco o seis metros. De las rúas brotaban rizadas callejas y oscuros recovecos. En ocasiones, tras doblar una esquina, nos sorprendían sobrios soportales de madera, de columnas sostenidas por borrachos. Viejos de dolamas y alifafes buscaban el último rayo de poniente, al mecer de sus butacas. Las ancianas esputaban jácaras y canturreaban endechas al embiste de aguja y dedal. Y es que a Quintana se la sentía clavada en el pasado.
Por las calles no corría el agua encauzada. Todas las mañanas las mozas se aplicaban en la labor de llenar los cántaros en el pozo de Pomares, para luego portarlos hasta sus casas. Algunas cargaban con ellos escaleras arriba. Otras los vertían en baldes de zinc que luego halaban desde las ventanas.
Ya de tarde salían las putas de ronda, haciendo carcajada de su propia desdicha. Alguna reflejaba en el rostro su hígado seco. Otra, de mente marchita, sudaba la sífilis en pleno invierno. En definitiva, la ciudad cosmopolita y floreciente había hecho de Quintana su muladar. Allí excretaba sus despojos humanos.
Martín Nieto habitaba el piso bajo del segundo portal de la calle Redentor, pero su vida transcurría en el entresuelo del mismo número, donde tenía su pequeña alfarería.
El trazado de la rúa había sido inclemente con el taller: un muro de piedra y cal se interponía entre el sol y dos pequeños ventanucos rasantes con la acera. Éstos apenas traslucían un halo de luz difusa y sombras enrejadas. En la tarde invernal la estancia se tornaba lúgubre, sólo iluminada por el candor del muro herido por el sol.
El artesano trabajaba bajo un farolillo de aceite que pendía de una vigueta ya carcomida. Su rostro reflejaba un pasado de sinsabores, de sufrimiento y miseria humana. Los ojos se le hundían en la cara, apretados, temerosos de ver el mundo. Ocultaban así un leve reflejo de lucidez. La de quien hace tiempo perdió la cabeza.
Hijo de sirvientes, pasó toda su niñez huyendo, ocultándose. Sus padres estuvieron al servicio de don Guzmán de Sotomayor, prestigioso terrateniente de Tierras Altas. El padre de Martín se encargaba del cuidado de las caballerizas, mientras su madre hacía la vida en las cocinas del cortijo.
Una soleada mañana de Marzo el señorito Alberto , hijo de don Guzmán, corría iracundo desde uno de los pinares de la finca. Rodeaba el bello jardín a lo árabe que circundaba la casa. Desgañitándose en gritos entraba en las caballerizas. Al ver allí al mozo de cuadras se quitó el cinto y arremetió contra él. El señorito Alberto acababa de matar a su mejor caballo, Lázaro. Éste había doblado las patas, exhausto por una infección que lo había tornado cojo una semana atrás. El mozo había advertido al señorito de que el animal sufría fuertes dolores. Éstos lo volvían muy agresivo y Lázaro no se dejaba ya domeñar. Pero el amo no quiso escuchar estas advertencias, como tampoco escuchaba nada de lo que su siervo le decía. Le gustaba mofarse de su manera de hablar, humillarlo ante los demás, mostrarlo como su criado más torpe. Entre golpe y golpe de cinturón el señorito lo acusaba de haber herrado mal al caballo, hendiéndole uno de los clavos más allá de los cascos del animal, rasgándole en la misma carne. El mozo, acurrucado, lloraba y gemía de dolor, pensando para sí que jamás hubiera hecho daño a ninguno de los caballos de don Guzmán. Y así, arrodillado, se abrazó a las perneras del amo, suplicándole piedad, mientras éste, rojo de cólera, con espumarajos que a ratos le caían de la boca, azotaba cada vez con más saña a su siervo. Fuera de sí, colmado de tanta humillación, el criado extrajo la pequeña daga que el amo guardaba entre el pantalón y la camisa. Se puso en pie y con toda la rabia se la hundió en un ojo, tan fuerte que apenas sobresalía la empuñadura de nácar. Y así el muy cabrón dejó de fustigarlo. No hizo ademán de gritar por el dolor. Con el semblante tuerto e incrédulo soltó el cinto, se llevó tembloroso las manos hasta asir la empuñadura... y se desplomó en el suelo.
Todas las noches despertaba Martín Nieto bañado en sudor, resollando, intentando librar de su cabeza la imagen que lo volvió insano, loco: la de su padre pendiendo de aquel alcornoque, con el cuello tronchado y el mondongo fuera, colgando, devorado por las moscas; la del rostro exánime de su madre, degollada tras interponerse en la voluntad de don Guzmán.
Por la mañana recobraba Martín la lucidez. Se afanaba en un pequeño torno de pié, dando forma al barro bajo la luz mortecina del farolillo. Siendo más joven había sido capaz de tornear hasta quince cántaros en una jornada, que luego cocía en un pequeño horno de carbón. Ahora sus manos de ámbar apenas se amoldaban a la arcilla. Por este motivo había resuelto alternar su antiguo oficio con otro nuevo: la talla del granito. Martín, en su faceta de escultor, había satisfecho ya algunos encargos: esculpir los bustos de algunos señores de la ciudad. Ricos que recompensaban con pesadas bolsas de reales.
Al alfarero, empero, de nada le servía todo aquel dinero. Desde hacía más de un año se sabía enfermo. La tos leve e intermitente de un principio se tornaba ahora bronca y sanguinolenta. Cada vez con más frecuencia debía detener Martín su trabajo para arrancarse las flemas y esputarlas. Siempre sentía en el gaznate ese repulsivo regusto de la sangre podrida.
Noche tras noche rumiaba la misma pesadilla: la de sus padres hechos asesinar por don Guzmán, para vengar así la muerte de su hijo. Una muerte ominosa que había marcado el destino de los Nieto. Pero ahora, al despertar entre el sudor frío, la sangre y la bilis que embarraban la colcha, Martín barruntaba con claridad la muerte cercana, la suya propia. ¿Pero cómo conjurar esa inquina, ese odio que lo había hecho enfermar de muerte, sino viendo el cadáver aún caliente de su enemigo?. Sin embargo el alfarero se sentía tan débil. Malgastaba sus fuerzas marchitas imprecando al diablo la muerte don Guzmán. Hora tras hora, todas las madrugadas en vela, pactando con el mismísimo demonio, en un delirio de tos y sangre. Quería verlo morir, quería de veras verlo morir antes de acompañarlo al gélido infierno.
Era ventosa la tarde invernal. Un caballero embozado en su capa entró al taller del escultor. Hosco de maneras, le encargó labrar la estatua de un señor preclaro. Le ofreció a cambio diez mil reales. Quería una figura sedente, de espaldas erguidas y aspecto recio, que blandiera un espadón con su mano derecha, y que apoyara su punta contra el suelo. Quiso el caballero que se principiara el trabajo a la mayor brevedad, y que se postergara la talla del rostro hasta su próxima visita, en la que aseguró al alfarero traería el semblante de su señor en un grabado.
Martín aceptó el encargo de buen grado y aguardó impaciente la llegada del gran bloque de granito, cuyos gastos corrían por cuenta del caballero.
Transcurrieron dos semanas. Quintana enmudecía bajo el invierno gélido. Los viejos seguían meciéndose, vigilando la borrosa calle desde sus alcobas. Mujeres y ancianas tejían sus ponchos al calor de un brasero. Afuera la nieve cubría el cadáver yerto de algún mendigo.
El frío y la nieve se cernían sobre la calle Redentor. Tras los dos ventanucos enrejados se atisbaba la luz del farolillo, fluctuante, dubitativa. Al romper del alba resonaban los golpes de mazo y escoplo. Martín desbastaba el gran bloque de granito. Trabajaba sin descanso. Sólo su tos tuberculosa lo obligaba a parar, cuando sentía la garganta anegada de flemas y sangre. Un mes después, mazo por martillo y escoplo por cincel, el señor, preclaro y sedente, había brotado de la piedra. La enfermedad y los interminables días de trabajo habían mermado la fuerza y la voluntad de Martín Nieto. Había engendrado un cuerpo sublime, pero un cuerpo carente de rostro. ¿Por qué se demoraba tanto el caballero embozado?. ¿Por qué no le mostraba qué semblante esculpir?.
Varios días después, una violenta accesión de fiebre y tos lo postró en la cama. De nada sirvieron la compasión y los cuidados de una vecina suya. Las compresas frías lo rescataban por algún tiempo de su delirio febril. Entonces, consciente de su inmediata muerte, se maldecía a sí mismo por no poder concluir su obra maestra. Maldecía a su eterno enemigo, don Guzmán. Maldecía incluso al mismo diablo, a quien había entregado su alma a cambio de nada.
Extenuado, ahogado en su estertor, sufrió el deliquio que precede a la muerte... Sintióse entonces ágil, robusto, un caballero insigne que refulgía en su armadura de plata. Se vio blandiendo una pesada espada, que manejaba con una fuerza de titanes. Don Guzmán, arrodillado ante él, imploraba perdón, gimoteante.
Martín se sentía ahora aliviado, solazado del odio que lo había cautivado en vida. Ya sin temor, alumbrado de paz, dejó caer el espadón sobre la cabeza de don Guzmán, partiéndole el cráneo en dos...
Un alguacil acompaña a los vecinos de la calle Redentor. Las plañideras han abandonado el taller. El cuerpo de Martín Nieto descansa en una caja. Un carro arrastrado por bueyes lo lleva a la sepultura. Dentro de la alfarería se adocenan los cántaros, mal barro sin cocer.
...En un jardín a lo árabe, junto al surtidor, el anciano Guzmán de Sotomayor yace muerto sobre el suelo. El rictus de su rostro revela una mueca de terror. En derredor suyo hay esparcido un grueso polvo de granito.
Demófilo, 2002
Sobre el Autor
Demófilo es el lema utilizado por D. David Serrano para el I Premio de Relatos.
"Él madrileño y ella ubetense, nací en Madrid del 21 de febrero de 1972. Estudié Ingeniería Industrial en el ICAI, donde me gradué en el año 1996. Trabajé un año becado en INITEC, dimensionando sistemas hidráulicos de centrales térmicas para luego caer en la industria de Defensa. Actualmente trabajo en Santa Bárbara Sistemas (antigua Empresa Nacional Santa Bárbara), donde diseño y pruebo munición de artillería. Cuando no trabajo ni duermo: leo, corro, salgo, veo cine y, de Pascuas a Ramos, escribo".
Sobre el Concurso
La AIIM convocó, el pasado 2002 convocado dos cursos, uno de Relatos cortos y otro de Poesía, extensivos a ingenieros industriales, con plazo hasta finales de octubre.
Actualmente, la AIIM está trabajando en la edición de todas las obras premiadas en el I Premio de Relatos y el I Premio de Poesías. Esperamos ponerla próximamente a disposición de nuestros Asociados.

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