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Una extraña disputa

5º Accesit del I Premio de Relatos

Hallábase bastante oscuro, por mostrar la luna, en aquella noche otoñal de principios del siglo XVII, su cara nueva. Una figura, envuelta en una capa gris y con un sombrero con cinta del mismo tono, andaba con paso largo e incierto, pese a no ser la mejor de las horas para pasear, por una estrecha calle de Madrid, apenas iluminada por un pequeño farol al final de la misma. Aun con los sentidos alterados y adormecidos -que no ebrio del todo- acertó a vislumbrar un brillo en las sombras que se extendían más allá del alcance de la única luz que había en la calle. Sólo fue un instante. Después, por más que esforzó su vista, ya nada vio. Detuvo su caminar, reflexionando unos instantes e intentando poner orden dentro de su cabeza. Sí, era seguro que había visto el reflejo del acero de algún miserable bellaco, quizá acompañado, aguardando en la negrura para tenderle improvisada celada. Sus ojos pocas veces le habían engañado, y nunca en situaciones tales. Además, su sentido del peligro le decía una y otra vez que saliese de aquel callejón sin perder más tiempo.

Resuelto, dio media vuelta con aire distraído y calculada parsimonia y echó a andar, no demasiado aprisa ni en exceso despacio, con la diestra sobre el pomo de la espada bajo la capa, alerta a cualquier ruido a sus espaldas.

Así recorrió una veintena de pasos, y como no oyera nada, miró con disimulo por encima del hombro. Nada. La calle tenía el mismo aspecto que unos momentos antes, y no se veía un alma. Esto le alivió un poco, aunque no relajó sus sentidos en tensión. Y motivos sobrados tenía para preocuparse por su suerte, pues no había obrado con mucho tino mientras estuvo en la taberna del Corralillo. Todo había empezado de manera repentina, cuando estando sentado en su mesa habitual conversando alegre y animadamente con don Francisco de Valderrábano, joven poeta y excelente compañero de mesas, a sus oídos llegó por azar parte de una conversación de un grupo cercano.

- ¡Voto a Dios, que jamás he conocido ser más cobarde que ese Pedro de Moya!

- ¡Cuán cierto lo que decís! Ese miserable granaíno…

- ¡No debió cambiar el pincel por el yerro! Que ya se sabe… que hay un ser aún más rastrero que un cobarde pintor, ¡y es un pintor que se alista en los tercios!

A lo cual siguieron carcajadas y más chanzas de mal gusto.

El que escuchaba se levantó de su mesa y se dirigió a los tres que formaban el grupo, un tanto encendido por la azumbre de morapio que corría ya por sus adentros.

- Espero que vuestras mercedes no hablarán en serio. Y que al punto sepan rectificar y hasta disculparse por semejante ofensa contra el honor y la persona de tan noble señor, don Pedro de Moya, hermano mío de sangre.

Los tres interpelados volvieron sus miradas hacia el que así hablaba, entre asombrados y divertidos. Lo que sucedió después fue confuso y rápido, entre duras palabras y gestos amenazadores, de suerte que no acabó en satisfecha sangre, pues ya cuando los ánimos estaban bastante exaltados y las manos se cerraban la una en torno a la empuñadura y la otra sobre la vaina, entró en la taberna don Enrique de Avellaneda, jefe de alguaciles, seguido de dos más. Y al punto de restaurar mínimamente la paz, "aconsejó" don Enrique con tono que no admitía protesta al injuriado retirarse a dormir por esta noche.

En esto cavilaba el que con poca solicitud y no de buen grado había terminado por aceptar el "consejo" del jefe de alguaciles y retirarse, cuando apareció al comienzo del callejón y cortándole el paso una figura alta, con ropas oscuras y holgadas y un sombrero de tres plumas, en la que reconocía a uno de los tres bellacos de la taberna, espada en la diestra y puñal en la siniestra -daga larga a la que llamaban "vizcaína".

Tenía que pensar con urgencia, pese a no estar despejado del todo por causa del tinto que había despachado amén de una buena comida caliente. No era aconsejable retroceder, merced a la fundada sospecha de que el fulgor atisbado anteriormente tenía que ver con los otros dos que gustaban de sentarse con aquel tercero que ahora le cerraba el camino. Así pues, con rápido movimiento de brazo y admirable habilidad, soltó el fiador de la capa y en menos que se tarda en decir "buenas noches tenga vuestra merced" tenía ya arrollada la misma sobre el antebrazo zurdo, al tiempo que desenvainaba la espada y lanzaba una primera estocada, aunque desde bastante lejos. El bellaco desvió con su estoque el precipitado ataque, tirando a su vez una cuchillada baja con la vizcaína. Pero el del traje gris, prevenido, interpuso el improvisado escudo de su brazo izquierdo entre su abdomen y el puñal enemigo, poniendo tanto empeño en propinar una poderosa patada en la entrepierna del canalla que casi le hizo perder el equilibrio. Pero el golpe resultó certero, haciendo caer entre gritos al bellaco, dándole tiempo al en un principio víctima de la emboscada a hundirle un palmo de acero en las entrañas. Apenas había retirado la espada del cuerpo que se retorcía a sus pies cuando oyó a sus espaldas lo que confirmaba sus recelos y que justificaba la premura con la que se había visto obligado a resolver la pugna. Al volverse vio a los otros dos del ahora reducido trío correr hacia él con las espadas desenvainadas, a menos de una decena de zancadas. No debía perder la sangre fría. Él conocía aquella zona de la ciudad como la palma de su mano, por lo que no debería ser en exceso difícil despistarlos.

Después de correr durante un buen rato por las silenciosas y oscuras calles del sur de Madrid, siempre en la penumbra, se detuvo al comienzo de una calle no muy ancha pero tampoco demasiado angosta, al amparo de las sombras proyectadas bajo un pequeño arco. Allí aguardó un tiempo más, hasta haberse convencido de que ya no le seguían. Echó a andar, sin separarse un momento de la pared, calle abajo, doblando por la primera esquina y adentrándose en un callejón mal iluminado y estrecho. Siguiendo el mismo muro, subió unas escaleras, viejas pero de madera sólida, que conducían al primer piso. Rebuscó en sus bolsillos con impaciencia, y contrariado masculló entre dientes algún juramento de baja condición. Se ajustó el cinto, se colocó la capa y ya se disponía a golpear ligeramente con los nudillos la puerta cuando la mano libre se deslizó por un no pequeño agujero en la capa. Y era ésta prenda recién adquirida, es decir, comprada del día. De nuevo maldijo por lo bajo, con más vehemencia si cabe que antes, y llamó a la puerta. Al tercer intento se oyeron unos pasos tras la misma.

- ¿Quién va?

- Don Rodrigo.

- Pasad, señor. Pero, ¿y vuestra llave?

- Es tarde. Mañana, Felipe, mañana.



 

Caprichos, 2002

Sobre el Autor

Caprichos es el lema utilizado por D. Rafael A. Moya Delgado para el I Premio de Relatos.



 

Sobre el Concurso

La AIIM convocó, el pasado 2002 convocado dos cursos, uno de Relatos cortos y otro de Poesía, extensivos a ingenieros industriales, con plazo hasta finales de octubre.

Actualmente, la AIIM está trabajando en la edición de todas las obras premiadas en el I Premio de Relatos y el I Premio de Poesías. Esperamos ponerla próximamente a disposición de nuestros Asociados.

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