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El Grito
2º Premio del I Premio de Relatos
Estaba terminando el primer movimiento de la Primera de Brahms cuando la persona que estaba sentada a mi derecha dio un grito desgarrador y cayó sobre mí. Fue justo en el momento en que un crescendo con fondo de timbales se interrumpe bruscamente para dar paso a un pianísimo con el que termina el movimiento. Yo había ido al Auditorio ese día porque mi amigo Luis tenía un compromiso y me dejó su magnífica entrada de patio de butacas. Era la presentación en Madrid de Simon Rattle al frente de la Filarmónica de Berlín, por lo que había gran expectación.
La sala entera se estremeció. Rattle, soberbio hasta entonces, vaciló. La orquesta perdió pie, pero remató con profesionalidad los pocos compases que faltaban. Todos, incluso Rattle, se volvieron hacia donde había surgido el grito. Como su autor había desaparecido de la vista, la mayor parte de la gente, buscando un culpable con gesto de indignación, se fijó en mí. Corrieron acomodadores, aparecieron empleados de seguridad, se abrió paso el jefe de sala. Ante revuelo tan incontrolable, la orquesta optó por abandonar, con lo que arreciaron gritos, aplausos y silbidos.
Poco a poco me fui dando cuenta de mi situación. Sobre mi pecho tenía una cabeza de mujer cuya cabellera rubia me alcanzaba el rostro. Uno de sus brazos se había extendido sobre mí hasta mi costado izquierdo. Instintivamente, yo había rodeado su cuerpo con mis brazos para impedir que cayera. Supongo que, ante esta escena, alguna de aquellas personas que me miraban dedujo con maldad cuál era la causa del grito que había echado por tierra sus esperanzas de disfrutar de una audición histórica, y esto hizo que muchos gestos de indignación se fueran transformando en gestos de auténtico odio. Algunos melómanos comenzaron a increparme. No entendía lo que me decían, pero sin duda me insultaban.
A toro pasado es muy fácil decir lo que debería haber hecho. Lo cierto es que no hice nada. Quizá porque pensé que mi defensa era imposible, me invadió una voluntad de abandonarme al destino, como si fuera un náufrago agarrado a un flotador en medio del océano. Por eso me quedé en la butaca, inmóvil, sosteniendo aquel cuerpo con un abrazo sospechoso de Piedad irreverente y contemplando a los vociferantes y a los que simplemente me miraban con curiosidad. Me inquietó reconocer entre estos curiosos a un matrimonio que vive cerca de casa y entre los vociferantes a un catedrático de Matemáticas, compañero de mi mujer, con el que había coincidido en alguna cena de gente de la enseñanza.
Durante esos instantes, que debieron ser mínimos aunque entonces me pareció que duraron más que una sinfonía, fui descubriendo lo que tenía entre las manos. Era una mujer aún joven. Tenía un aspecto elegante. Vestía un traje de chaqueta gris con camisa de hombre de rayas blancas y azules, medias negras y zapatos de tacón alto. Usaba un perfume de jazmín que al momento me cautivó. No llevaba joyas ni anillos. Al suelo le había caído el bolso, negro, de los de tipo cartera. Quizá por todos estos descubrimientos, mi primera reacción de ira contra quien me había convertido en protagonista público de algo indeseable se fue transformando en una cierta compasión.
Al rato, anunciaron por los altavoces que el Maestro Rattle había decidido suspender el concierto durante media hora, al cabo de la cual se reanudaría con el segundo movimiento. Esto provocó un unánime aplauso de desagravio de los melómanos, aflojó de inmediato los gestos de tensión y vació la sala.
Ya sin la presión del público, decidí moverme. Con gran cuidado, trasladé el cuerpo de la mujer hasta el pasillo. Seguía inconsciente, aunque la respiración era tranquila. En ese momento llegó el Samur, que nos alejó de ella al personal del Auditorio y a mí y comenzó el reconocimiento. Aproveché para recoger su bolso y buscar en él alguna identificación. Pronto encontré una agenda y una cartera con su DNI. Vi que era casada, que tenía 41 años y que vivía en la calle Castelló, cerca del Retiro. Pensé en salir a llamar a algún teléfono de los que figuraban en la agenda, pero la idea de atravesar solo la masa efervescente de melómanos me detuvo.
Un médico del Samur se me acercó, sin duda creyendo que era su acompañante, y me dijo:
"La señora está bien. Tiene la tensión algo baja. Ha debido ser una lipotimia. Le conviene descansar. Llévela a casa, que se acueste y ya mañana que la vea su médico de cabecera".
Seguramente por efecto del Dioríssimo yo había decidido ya responsabilizarme de su recuperación, así que asentí al doctor poniendo cara de alivio, le di las gracias y no sé por qué le pregunté:
"¿Sí, pero y el grito?"
No llegó a oírme, porque le sonó el móvil y se dio la vuelta, dirigiéndose hacia alguien de su equipo. Me acerqué a la mujer, que ya estaba consciente, con los ojos abiertos, aunque seguía tumbada en el pasillo. Hizo un gesto con la cabeza para que me acercara. Me agaché junto a su boca y entre el barullo de alrededor le escuché que me decía:
"Gracias. Sabía que no me dejarías. Por favor, sácame de aquí".
Para entonces yo ya estaba dispuesto a enfrentarme a un coro de melómanos airados si fuera necesario para defenderla de lo que hiciera falta, pero su tuteo terminó de decidirme. Así que la ayudé a incorporarse y cuando estuvo de pie, después de comprobar que podía caminar, le pregunté:
"¿Estás dispuesta a salir ahí fuera?"
Hizo un signo de inteligencia con los ojos, cogió su bolso, se estiró la falda y la chaqueta, se atusó la melena, apoyó su mano en mi brazo y echó a andar por el pasillo hacia la salida.
Cuando una acomodadora nos abrió la puerta, el vestíbulo del Auditorio era un clamor. Ella, sorprendida, se detuvo un instante, me apretó el brazo con su mano y echó a andar. En ese momento, el clamor se hizo silencio como obedeciendo a una batuta invisible. Todas las miradas se dirigieron hacia nosotros dos. Ella avanzaba con elegancia andando sobre sus tacones. Giró la cabeza para mirarme y me sonrió con complicidad. Percibí con cierto orgullo miradas de deseo, admiración y envidia en algunos hombres. Y así, salimos a la calle.
El aire fresco debió hacerle presente la realidad, porque, cuando la encaminaba Príncipe de Vergara abajo, con idea de que terminara de recuperarse y de averiguar el motivo de aquel grito, soltó mi brazo, me dio un beso rápido y corrió a la calzada para detener un taxi. Con la mano en la puerta, se volvió y me gritó:
"Gracias. No lo olvidaré".
Y entró en el taxi.
Me quedé en la acera un rato viendo cómo se alejaba el taxi y rastreando los últimos aromas de jazmín que había dejado. Después, como un zombi, bajé al metro.
Al llegar a casa, Mercedes me preguntó:
"¿Qué tal el concierto?"
Y le contesté:
"Bien. Bueno, ya te contaré".
Y aún tuve tiempo de ver el final del telediario.
José Strepponi, 2002
Sobre el Autor
José Strepponi es el lema utilizado por D. Ramón Mª Osorio de Rebellón Dorda para el I Premio de Relatos.
Sobre el Concurso
La AIIM convocó, el pasado 2002 convocado dos cursos, uno de Relatos cortos y otro de Poesía, extensivos a ingenieros industriales, con plazo hasta finales de octubre.
Actualmente, la AIIM está trabajando en la edición de todas las obras premiadas en el I Premio de Relatos y el I Premio de Poesías. Esperamos ponerla próximamente a disposición de nuestros Asociados.

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