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El Concierto
4º Accesit del I Premio de Relatos
Te mentí. Bueno, no sé si te mentí, te engañé o simplemente hice una pequeña trampa. Llámalo como quieras pero aplícame el castigo más pequeño que tengas en tu catálogo, porque la intención era buena y no sabía bien cómo hacerlo. Quería que vinieras por encima de todo y quería darte una sorpresa. No es cierto que hayamos quedado con los alemanes para preparar (en secreto y "off de record") la reunión de mañana; pero, ya ves, no consigo quitarme de encima mis temores de ser observados en la oficina -bien sabes la de moscones que tienes alrededor- y esta excusa me aseguraba suficiente discreción.
Lo importante es que estamos tú y yo solos, puntuales, en esta cafetería de Suero de Quiñones, y que tu sonrisa leve, que ya voy conociendo bien, me hace pensar que incluso te divierte el haberte hecho jugar a hacer trampas al equipo, y que te sientes, como en realidad eres, protagonista.
A mí también me divierte este juego de complicidades, de secretos temporales y de sorpresas positivas. Te cuento. ¿Por qué aquí? Hoy tocan en el Auditorio el Capricho Español; recordé enseguida tu confidencia de cuando de niña jugabas a dirigir a la orquesta, delante del tocadiscos, piezas que habías llegado a aprenderte de memoria, y pensé que era una oportunidad que el destino me ponía para hacerte un regalo personal. No, no me pongas carita de mujer ofendida en su vanidad, y que estas cosas se avisan y que no se viene a un concierto igual de arreglada que a una reunión de trabajo en una cafetería; sé que es un juego de un par de minutos para subir tu cotización y te admito el envite.
La pena es que hoy hay anunciada huelga de funcionarios y al pasar hacia aquí ya tenían sus pancartas delante del Auditorio. Esperemos. Y tan esperemos; que un cuarto de hora después de la prevista para el comienzo aún estamos en la calle apelotonados sin que hayan abierto las puertas.
Y para cúmulo de imprevistos, el chaparrón inesperado del otoño madrileño nos alborota al personal, que quien sí, quien no, muchos no se han traído paraguas y no todos cabemos en el soportal. Ideal por otra parte: la lluvia repentina iguala en el desorden los peinados de las mujeres que fueron a la peluquería y los de las que fueron invitadas por sorpresa; ya no tienes de qué quejarte.
Un comunicante, no sé si de la organización del local o de los huelguistas, nos hace saber amablemente, pero a voz en grito, que disculpemos las molestias, que las puertas se abrirán en cinco minutos, que no habrá acomodadores, que cada uno deberá buscar su butaca y que el que quiera hacerse con el programa deberá encontrarlo en alguna mesita dentro del teatro. Vale, con tal de que no tengamos que interpretar cada uno nuestro solo de violín...
Lo que dice después me intranquiliza a medida que lo va contando. Por ajustes en el horario, y dado que vamos tarde, no habrá descanso y se suprime una de las piezas programadas. Contengo mi respiración un instante. Por fortuna no es el Capricho, nuestro Capricho de esta tarde, sino la Rapsodia nº 2 de Liszt. Mi programa se conserva en lo fundamental.
Vamos a ello. No sé cómo serán de ordenados los flujos de entrada de las masas a un campo de fútbol en un día de huelga de empleados del club; el flujo de los asistentes a un concierto es razonablemente laminar, no turbulento, incluso bajo condiciones de excepción. En el grupo compacto que se va encaminando al cuello de la puerta, tú delante, yo detrás, cojo tu brazo suavemente pero no en el gesto espontáneo de toda aglomeración, no para dirigirte y no para no separarnos; es intencionado, quiero tocarte y sin duda la presión de mis dedos sobre tu camisa es algo más cálida y mayor de lo que la funcionalidad del gesto precisaría. Y sin duda tú lo sabes y lo aceptas.
Pasado el tapón, escaleras arriba, te recuerdo tu batuta infantil, tu viejo tocadiscos (perdón, antiguo) y me recuerdo mis mañanas de domingo con mi abuelo en los conciertos de la plaza con la Banda de la Academia. Mi abuelo era muy estricto y mientras los demás niños corrían por entre las sillas de tijera, a nosotros nos hacía estar quietos durante las interpretaciones, soltándonos un poco las riendas solamente en los intermedios.
De aquellos conciertos populares alguna afición germinó para abrirse camino luego hacia músicas más elaboradas. Recuerdo casi con precisión, entre otras, una Fantasía de Katiuska, el Intermedio de la Leyenda del Beso que muchos años después todos hemos cantado con una letra que no estaba en el original y, sobre todo, sobre todo, una Polka para trompeta de la que no me quedó el título pero sí la melodía, y que cuando la tocaban siempre tenían que repetirla. Y tú tenías ahora que enfriar el clima quizá demasiado entrañable preguntándome si la tenían que repetir por lo mucho que gustaba al respetable público o para que el trompeta acabase de una vez de aprendérsela; piensa lo que quieras, graciosilla, pero el muchacho era un virtuoso en lo suyo.
Por fortuna a los músicos no les toca hoy la huelga y aparecen todos ordenadamente sobre el escenario; se inicia la liturgia de los acordes autónomos, de los acordes acordados por el primer violín oficiando de lugarteniente del director, de la entrada de éste y del saludo ceremonioso a aquél. Te comento una simpleza, que los conciertos sin la liturgia de antes y de después son un CD; y me corriges suavemente y acepto la reprimenda, que sé que en esta vida me queda mucho por aprender y tú puedes ser en muchos asuntos mi profesora: un CD, con todo el avance que ha conseguido la técnica, no puede reproducir los matices de cada instrumento, ni la intensidad sonora (sé que no me estás hablando del mando del volumen) que llenan cada una de las familias y que, si el sonido es la vibración de las partículas del aire, en un auditorio como éste hay infinitamente más partículas, cada una haciendo su función en la armonía general dentro de esta arquitectura diseñada con intención, que en el cuarto de estar de mi casa.
Y además que escuchar un CD puede ser simplemente un honesto vicio solitario pero que un concierto público es además un lugar de manifestación de la cultura (no hacen falta mayúsculas ni comillas) de una sociedad, y que toda tribu necesita de la liturgia para afirmar su unidad.
Veo tus manos que apenas gesticulan sobre tu regazo y me llega tu voz sin aristas, lo que interpreto como un signo de relajación y de que no tratas de imponerme una lección, sino simplemente poner en común conmigo tus sensaciones y aceptar la réplica si se produce. No intento añadir nada ni debatir cosa alguna, que el corazón me late hoy en otra sintonía y los pensamientos y la mirada los tengo en otras atenciones. Tu cariñosa clase se silencia casi de repente junto con el silencio unánime del público; me apunto lo del vicio solitario y lo de la participación en la sociedad, que sé que en algo deberé ir cambiando mis comportamientos.
La Danza Sinfónica para Castañuelas y Orquesta no termina de engancharme; pretende una descripción de paisajes cotidianos que no acabo de ligar porque tal vez domina en mí demasiado la cultura de la imagen visual y no deja mucho sitio para la imagen construida con sonidos. Pero es una buena "obertura" para estar contigo y observarte casi clandestinamente.
Me gusta tu serenidad, estar en lo que estás, disfrutando de lo que haces sin dejarte invadir (o es lo que aparentas) por los infinitos estímulos que siempre hay en el ambiente; tu respiración apenas perceptible. No sólo lo observo ahora sino también cuando me acerco (con ocasión o sin ella) a tu despacho, o en las sesiones eternas de la sala de reuniones donde temo ser observado en mi observación por alguno de nuestros colegas. En la penumbra tus manos recogen ahora la una a la otra dejando bajo ellas como una cuevecita que escondiese un objeto secreto en un inocente juego infantil.
Creo que te has dado cuenta de mi excesiva atención sobre tu persona y no es el momento según mis planes; así que debo volver al escenario y a las melodías cargadas de percusión. Me distraigo preguntándome cómo serán las partituras para castañuelas; de los demás instrumentos comprendo las claves de funcionamiento de los códigos escritos y hasta si me lo propusiese podría intentar traducirlos a sonidos con mi poco afortunada voz, pero no se me ocurre muy bien cómo organizar un esquema para relacionar símbolos gráficos con el arte de las castañuelas.
En la tercera Danza elevo algo más el diapasón trascendental de mis pensamientos, sin dejar por ello de atender de reojo cada uno de tus gestos, y me planteo si la "viola da gamba" tendrá algún sentimiento de frustración por no ser ni viola ni violonchelo o si por el contrario estará viviendo con modernidad su categoría como ser intermedio y diferente. En cualquier caso no tengo intención de hacerte partícipe de estas disquisiciones porque seguro que las consideras poco elevadas y no quiero arriesgar, no ya mi autoestima, sino la tuya hacia mí.
Tus manos se activan muy discretamente con el Capricho Español; tan discretamente que sólo yo, que estoy contigo en nuestro secreto, puedo percibir su danza y comprobar la sincronización entre sus movimientos tenues y las entradas y los silencios de cada instrumento.
Pasan sin violencia del comienzo impetuoso en la Alborada al suave contoneo de las Variaciones y van arrastrando a todos los instrumentos en un deslizarse suave sobre el pentagrama hasta arrancar otra vez con fuerza en la nueva Alborada. Tu pecho se altera levemente con una respiración apenas más perceptible que la habitual, pero son tus ojos los que se transfiguran como queriendo concitar hacia ellos y hacia el ritmo de tus manos la mirada de cada uno de los músicos.
No, no se ha girado todo el escenario hacia nuestra posición en el anfiteatro, la técnica no se ha aplicado hoy en espectaculares transformaciones de la escenografía, el mundo y la orquesta siguen su curso sin atendernos y eso es tanto mejor porque nos permite ser, tú y yo, los únicos que estemos en el disfrute de nuestra magia.
El jugueteo de los violines se interrumpe con un rotundo golpe final de toda la percusión; apenas un par de compases de silencio y el tambor reclama la atención sobre la escena central de mi Capricho. Antes de que las trompetas se sobrepongan al redoble, acerco despacio mi mano sobre las tuyas y las recojo, sin presión, con todo el calor que mi falta de experiencia es capaz de colocar en cada una de las sensibilidades de mis dedos.
No quiero detener tus movimientos, que te tienen transportada a tu imagen de niña con trenzas delante del tocadiscos de tu salón familiar, sino crear sobre ellos, con ellos y con esa imagen, en los archivos de nuestros sentimientos, un fichero nuevo, sobre todo nuevo para mí, con nuestra primera sensación de calor compartido.
Ahora sí tu pecho se llena de una sola vez con un aire que adivino fresco, y con tal intensidad que me atrevo a pensar que ha roto por unos instantes el delicado equilibrio de las partículas vibrando en la sala por el impulso de los instrumentos, pero que vuelve al recinto común de manera suave y ordenada. Tengo la certeza de haber captado por primera vez y bien de cerca todos y cada uno de los elementos que componen un suspiro.
Tu mirada apenas se desvía de la orquesta como si no quisieras hacerles partícipes todavía de tu infidelidad para con ellos, pero veo que tu sonrisa es ahora franca y que va dedicada toda ella hacia mí.
Soy yo ahora con mi mano quien marca los tiempos de la partitura apoyando cada matiz para deslizar mis yemas por entre tus dedos y bailar juntos las imaginarias danzas que imaginarios gitanos vienen bailando desde siglos sobre los campos de una imaginada España.
Después, la Obertura 1812 fue para mí toda ella una marcha triunfal, poco me importa lo que fuera para el zar Alejandro o para Napoleón, y las campanas finales, tras miles de interpretaciones a lo largo y ancho de todo el mundo, sonaron como de estreno, bien lo sabemos, y sólo para nosotros, mientras nuestra miradas se entregaban a descubrir la una en la otra sus nuevos brillos.
Caprichos, 2002
Sobre el Autor
Caprichos es el lema utilizado por D. Jose de Lucas Ruiz para el I Premio de Relatos.
Sobre el Concurso
La AIIM convocó, el pasado 2002 convocado dos cursos, uno de Relatos cortos y otro de Poesía, extensivos a ingenieros industriales, con plazo hasta finales de octubre.
Actualmente, la AIIM está trabajando en la edición de todas las obras premiadas en el I Premio de Relatos y el I Premio de Poesías. Esperamos ponerla próximamente a disposición de nuestros Asociados.

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