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El Dragón De La Montaña

6º Accesit del I Premio de Relatos

Las primeras luces del alba hicieron aparecer alargadas sombras en el valle. Una solitaria figura apagaba los restos de un fuego que lo había mantenido caliente durante el crepúsculo, y cargaba sus escasas pertenencias sobre un viejo caballo. El corcel, negro como la noche, daba la impresión de haber sido un animal extraordinario en otro tiempo, ahora la sombra de una poderosa figura y un porte orgulloso.

El hombre ajustó la cincha de la silla sin prisas, aseguró la carga y, echando una última ojeada al lugar donde había pernoctado, subió al noble bruto con dificultad. Su rostro se contrajo en una mueca de dolor, sintiendo cómo crujían todos los huesos de su cascada espalda. ¡Maldito frío que llegaba hasta el alma! ¡Y cómo odiaba la densa niebla del amanecer, cuya humedad entumecía sus articulaciones y le hacía sufrir con cada movimiento! No siempre fue así... Pero el paso del tiempo no perdona a nadie.

Caballo y jinete iniciaron la marcha, despacio, en la dirección en que el valle se hacía más angosto. Poco a poco las montañas fueron ganando terreno a la llanura, hasta que se convirtió en apenas un desdibujado sendero de tierra y piedras. La montura se detuvo.

El hombre levantó la vista y siguió con la mirada el recorrido del abrupto camino, el cual ascendía serpenteando y se perdía en lo alto de las montañas.

- Está bien, vamos a hacerlo.

- Para ti es fácil decirlo - contestó el caballo -. Tú vas arriba y yo debajo. Además, ¿podrás resistirlo? Te suenan todos los huesos, y tus piernas y brazos ya no son lo que eran.

El hombre no respondió. Lió un poco de tabaco pacientemente, lo encendió y le dio una larga calada. Azuzó al animal.

Cuando el sol alcanzó su cenit pararon a descansar a la sombra de un gran árbol.

- Estoy harto de este camino de piedras sueltas. Me estoy volviendo viejo para esto - dijo el corcel.

El hombre se limitó a descargarlo.

- Aún no me has dicho para qué quieres subir a esa montaña. Esta senda parece no haber sido usada en mucho tiempo y, personalmente, dudo mucho que haya algún pueblo allí arriba. Sabes que detesto pasar las noches a la intemperie.

- Deja de quejarte - masculló el hombre.

- Dime al menos para qué hacemos este viaje.

Koham el Bárbaro se quitó de los labios una húmeda colilla y la aplastó contra la palma de su mano.

- Voy a cazar un dragón.

El caballo se quedó mirando al hombre visiblemente confundido.

- ¡Te has vuelto loco! No te has enfrentado a un dragón en tu vida.

- Precisamente por eso. He sido la mejor espada durante mucho tiempo, viviendo toda clase de aventuras, hasta convertirme en una leyenda viva. Pero nunca he matado un dragón. Es lo único que me queda por hacer, y no quisiera dejar este mundo sin intentarlo. Además, capturando su tesoro seré rico al final de mis días - dijo Koham con un brillo en los ojos.

- Estoy de acuerdo con que tu afilado acero no ha conocido rival. ¡Pero un dragón es un dragón!

- ¡Y yo Koham el Bárbaro! - replicó con impaciencia el guerrero.

- Está bien, está bien. Pero sigo pensando que es una locura...

- Anotado - lo cortó Koham -. Y ahora, cállate.

- No me estás escuchando... - insistió el caballo -. Además, ¿qué te hace pensar que en esa montaña hay un dragón? ¡No me lo digas! - Y adoptando un tono monótono y doctrinal añadió: "En toda montaña solitaria hay un dragón..."

- Nunca debí aceptar el caballo de una mago - dijo Koham resignado levantando la mirada al cielo -. Todos saben que hablará y hablará hasta volverte loco.

Después de comer continuaron la ascensión, sin prisa. La montaña no se iría, y el dragón tampoco.

Al día siguiente, cuando el sol comenzaba a descender, divisaron una enorme gruta en una escarpada pared rocosa a una altura considerable. Era como una desmesurada boca abierta, de la que sobresalía una superficie de piedra lo suficientemente ancha y sólida para soportar un gran peso y que se perdía en las sombras de la cueva.

- Ahí la tienes - dijo sin emoción Koham -. La madriguera de un dragón.

- No puedo subir hasta allí sin alas - objetó el caballo.

- Iré solo. Espérame aquí. Si las cosas se ponen feas, o si no vuelvo, márchate.

Después de una breve pero emotiva despedida, Koham comenzó una penosa subida por la pared casi vertical, necesitando de todo su coraje para resistir el dolor que le producía el esfuerzo, aferrándose a cualquier pequeña hendidura en la roca, ganando altura palmo a palmo.

Por fin llegó a la entrada, exhausto. Lió un poco de tabaco y lo encendió, esforzándose en distinguir algo en el interior del oscuro agujero. De pronto, como salidos de la nada, aparecieron dos puntos brillantes en la negrura de la cavidad, próximos entre sí y demasiado grandes para pertenecer a un animal pequeño. A Koham el Bárbaro se le heló la sangre. Podía sentir el cálido aliento del dragón acompañado de un penetrante olor a azufre, aunque sólo pudiera ver de él los ojos.

- ¿A qué has venido, humano? - la profunda voz lo envolvió todo.

- A matarte, dragón - respondió el hombre, lacónico.

Unas sonoras carcajadas retumbaron por la cueva en sombras.

- ¿Y quién te crees que eres? ¿El temible Koham?

- Exactamente. Tú lo has dicho.

Todo quedó en silencio. Los ojos del dragón se estrecharon hasta ser apenas dos delgadas líneas en la oscuridad.

- Y he venido a darte muerte y quedarme con tu tesoro - continuó Koham, arrastrando cada palabra.

- ¿Qué tesoro? No tengo ninguno.

- ¡Todos los dragones guardan legendarios y fabulosos tesoros en sus guaridas!

- El negocio va mal - explicó el dragón con voz cansada -. Medio siglo atrás, de alguna forma me arrebataron todo cuanto poseía. Y desde hace mucho tiempo ya nadie pasa por esta montaña en busca de aventuras. Los castillos de la región poseen ingeniosos artilugios para defenderse, mortíferos para el imprudente dragón que intente asaltarlos. Los tesoros perdidos ya no existen, han sido encontrados. ¡Créeme, no tengo nada! - hizo una pausa -. Pero dime, ¿realmente eres el gran Koham, al que llaman el Bárbaro?

El guerrero chasqueó la lengua.

- Puedes apostar.

El dragón avanzó un paso, dejando ver una gigantesca cabeza reptiliana.

- ¡Qué gran honor! - dijo excitado el dragón -. Jamás imaginé que el mismísimo Koham viniera algún día a mi hogar a cazarme.

El sonido de unas pisadas detrás del dragón lo interrumpieron.

- ¿Quién es, madre?

- ¡Querida hija! Ven, quiero que conozcas a Koham el Bárbaro. Ha venido de muy lejos para matar a tu madre. ¡El mejor guerrero que ha existido! ¿Verdad que es un gran honor?

Las pisadas volvieron a perderse cueva adentro, acompañadas de un apagado llanto.

- No le hagas caso, Koham. Aún es joven y no comprende la trascendencia de la situación.

- Entonces, ¿no tienes maravillosos tesoros?

- No.

- ¿Ni unas pocas monedas?

- ¡Qué más quisiera! - suspiró el dragón.

- ¿Y por qué sigues aquí, si te va tan mal?

- Mi madre vivió en esta montaña, y la madre de mi madre. Otros dragones se han marchado, y algunos trabajan como monturas para algunos hombres ricos y poderosos. Pero yo pienso quedarme en mi montaña. Los dragones siempre han morado en montañas solitarias. Los tiempos han cambiado, y la mayoría de los dragones también han variado sus costumbres. Pero yo no. He nacido dragón y moriré haciendo lo que siempre han hecho los dragones.

- Entiendo - dijo Koham -. Y tu pequeña... ¿por qué llora?

- Mi hija sufre un mal, que acabará con ella en poco tiempo.

- ¿Y no tiene remedio? - preguntó el hombre, conmovido.

- Existe una cura. Pero es un secreto descubierto por hombres. Su precio es muy alto.

- Y no tienes ni una moneda...

- Ni una sola.

- Ya.

El caballo observaba el lento descenso de Koham. Éste había pasado la noche en la guarida del dragón, sin dar señales de vida. Ningún ruido, ningún grito procedente de la oscura apertura. La fiel montura había empezado a preocuparse de veras, cuando al amanecer Koham salió al exterior de la grieta.

Por fin, el viejo guerrero puso los pies sobre el suelo. Se acercó al corcel, montó y oteó la ladera de bajada, estudiando el terreno.

- No has matado al dragón - dijo el caballo.

El hombre no respondió.

- Le has dado todo el oro que tenías, ¿verdad?

- Lo necesitaba más que yo.

Lió un poco de tabaco, sin prisas, y lo encendió, dándole una larga calada. Azuzó al animal.



 

Caprichos, 2002

Sobre el Autor

Caprichos es el lema utilizado por D. Rafael A. Moya Delgado para el I Premio de Relatos.



 

Sobre el Concurso

La AIIM convocó, el pasado 2002 convocado dos cursos, uno de Relatos cortos y otro de Poesía, extensivos a ingenieros industriales, con plazo hasta finales de octubre.

Actualmente, la AIIM está trabajando en la edición de todas las obras premiadas en el I Premio de Relatos y el I Premio de Poesías. Esperamos ponerla próximamente a disposición de nuestros Asociados.

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