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El territorio de Akbar
1º Accesit del I Premio de Relatos
En un país del lejano oriente, que es donde siempre ocurren las cosas extraordinarias, vivía un pueblo feliz. El territorio de Akbar era una bendición de los dioses: enclavado en un amplio valle abierto entre elevadas montañas cubiertas de nieve, un río de aguas cristalinas se deslizaba mansamente hasta el mar. En el delta, como un creciente fértil, hermosas huertas proporcionaban, con abundancia y apenas sin esfuerzo, los generosos frutos de la tierra. De este modo, el pueblo podía dedicar la mayor parte de su tiempo al cultivo de las artes, a ejercitarse en los juegos atléticos y a educar su espíritu en el diálogo y la convivencia, en una comunidad de hombres libres. La ciudad, en la desembocadura del río, se asentaba en un inmenso jardín. Sus elevadas cúpulas y minaretes brillaban con reflejos metálicos en un grandioso espectáculo, encendido ante los ojos de los navegantes que surcaban la línea del horizonte.
Pero si el país era un regalo del cielo ¿qué decir de sus gentes?. Pertenecían a una raza purísima de cuerpos esbeltos, piel blanca, ojos claros y rubios cabellos. Era un pueblo lleno de gracia y encanto, paradigma de la belleza. En este reino feliz se desconocía la envidia, la ambición y la violencia; las gentes realizaban sus tareas con alegría y aceptaban la disciplina del trabajo bien hecho como un acicate para su satisfacción personal. La comunidad se gobernaba por un Consejo de Ancianos bajo la jerarquía aceptada de un rey que se comportaba como "primus inter pares". El rey, con su ejemplo, era un guía espiritual que propugnaba un camino de perfección hacia la virtud.
Desde los jardines del palacio real la Avenida de los Perfumes, flanqueada de jazmines, conducía a la Plaza de las Culturas: inmenso espacio abierto, lugar de reunión del pueblo, donde se celebraban los acontecimientos más singulares. Día y noche la plaza era un hervidero de gentes: mercaderes que ofrecían especias como gengibre, pimienta o nuez moscada, o bien gemas como turmalina, peridoto o lapislázuli, acróbatas y danzarinas, títeres y contadores de cuentos, encantadores de serpientes y vendedores de pájaros exóticos. La plaza era inmensa y había sitio también para celebrar representaciones teatrales, recitales de poesía, carreras de caballos y juegos de artificio. Allí, la guardia real corría la pólvora y hacía sus brillantes desfiles.
En un país de inviernos templados y veranos suaves, el calendario de Akbar se regía por los ciclos de la naturaleza que jalonaban el tiempo de la recolección de las cosechas.
En el solsticio de invierno, con motivo de las fiestas del sol, tenían lugar los ritos de paso. Los jóvenes que tenían dieciocho años pasaban a la consideración de adultos y, por tanto, al disfrute de la plenitud de sus derechos, entre ellos el de poder contraer matrimonio, una vez superadas las pruebas a las que tradicionalmente se les sometía.
Para demostrar su fortaleza física tenían que domar un caballo salvaje, para examinar su habilidad artesanal deberían presentar un objeto de cerámica, metal o madera, confeccionado por ellos mismos y para probar su inteligencia deberían resolver algún enigma. Mientras tanto las muchachas en flor tejían guirnaldas con pétalos de rosa para premiar a los elegidos de su corazón. El joven solía corresponder con un collar de perlas que él mismo había pescado buceando en las aguas del litoral. Se formaban así encantadoras parejas que iniciaban la danza ritual de los esponsales.
En esta ocasión, el enigma planteado a los jóvenes consistía en la interpretación de los hexagramas de los libros canónicos chinos. Dados dos elementos, sean líneas enteras o partidas, sean dos palillos uno corto y otro largo, las combinaciones con repetición de estos elementos tomados de seis en seis resultan ser sesenta y cuatro. Algunos de estos esquemas habían sido hallados por los adivinos al examinar las fisuras producidas por el tinte de las conchas de las tortugas sagradas que, junto a los símbolos formados por las briznas de aquilea, se utilizaban para interpretar los presagios.
Del análisis de los hexagramas un joven se atrevió a conjeturar un sistema binario de numeración; otro los relacionó con el fenómeno de la precesión de los equinoccios; un tercero, se aventuró a proponer una teoría de los conjuntos; hubo quién consideró los hexagramas como la base para establecer un calendario más perfeccionado que el lunar utilizado entonces; no faltó quién, a partir de los esquemas, elaboró un código secreto de señales. Finalmente un joven concluyó que del sistema cerrado de los sesenta y cuatro hexagramas se podía salir mediante el efecto mutante de los datos, por rotura de un palillo en varios trozos, por ejemplo, alumbrando así un prodigio de la naturaleza. De este modo los jóvenes uno tras otro, fueron dando muestra de su agudeza de ingenio.
En el solsticio de verano la ciudad celebraba los esponsales con el mar. A la hora del crepúsculo, los niños buscaban luciérnagas en los jardines y componían, sobre un ramo de mirto, un mazo cuajado de parpadeantes lucecitas azuladas. Al caer la noche, adolescentes vestidos con túnicas blancas formaban la procesión de las luminarias, recorriendo la senda de los huertos, caminos de sirga de ambas riberas del río hasta llegar a la desembocadura. Allí, entregaban las luminarias, para formar la luz de gálibo, a los tripulantes de las embarcaciones que los aguardaban. Después se hacían a la mar, componiendo una constelación marinera de velas desplegadas como una ofrenda de la tierra a los frutos del mar.
Las fiestas de la consagración de la primavera, cuando el Sol atraviesa el primer punto vernal de la constelación de Aries, eran las más importantes del año. El equinoccio, cuando la duración del día es igual a la noche, representaba el símbolo de la equidad. Era costumbre, constituida en ley, que el soberano fuese coronado a la edad de veinticinco años, una vez que el joven príncipe, ya desposado, hubiera asegurado la descendencia con el nacimiento de un heredero. Así el rey abdicaba al contar cincuenta años y una vez liberado de sus obligaciones podía dedicarse por entero a sus aficiones favoritas: la caza con halcón, el estudio de las estrellas y, sobre todo, la sosegada lectura en la biblioteca real como medio para alcanzar la perfección de su espíritu.
Aquel año las fiestas de primavera tenían, como cada cinco lustros, un significado especial por el esperado nacimiento de un heredero y la coronación de un nuevo rey. La ciudad se engalanaba en una epifanía de celindos y jazmines, las gentes del pueblo cubrían las calles con alfombras tejidas con pétalos de flores componiendo figuras geométricas de extraordinaria belleza y, como siempre en esta época, preparaban el famoso concurso de rosas.
En una terraza del jardín real, frente a los arriates orientados al sur, se disponían los bancales para la rosaleda. Durante todo el año, los mejores jardineros del país habían trabajado, dentro del más estricto secreto profesional, injertando sarmientos y polinizando cuidadosamente rosales de distintas especies, para obtener variedades selectas de rara belleza. La fecundación realizada por los expertos competía con la llevada a cabo, de forma natural y espontánea, por el viento y los insectos. Estas técnicas de cultivo de orígenes remotos habían conseguido, a partir de especies salvajes de procedencia china, nuevas estirpes más vigorosas, reflorecientes y perfumadas. En esta ocasión, se rumoreaba que un viejo jardinero había conseguido algo excepcional, perseguido largamente por los especialistas, una especie de quimera floral única y extraordinaria.
En efecto, cuando los miembros del jurado, presidido por el Rey, recorrieron la rosaleda quedaron maravillados por los ejemplares presentados a concurso. Tras largas deliberaciones otorgaron los premios. El tercer premio fue concedido a una rosa, obtenida a partir de unos híbridos de té, de amplios pétalos perfumados de delicado color rosa púrpura. El segundo premio fue para el resultado de una compleja serie de cruzamientos entre variedades cultivadas y otras de origen salvaje, una rosa, de híbridos de bengala, manifestada en una flor grande, de numerosos pétalos, de color naranja aterciopelada, con los bordes más intensos y el envés amarillo crema. Por fin el primer premio, concedido de forma unánime, fue otorgado con todos los honores a una rosa jamás vista hasta entonces: una rosa azul celeste, con un juego de colores opalescentes en los sucesivos pétalos de la corola. Bien es cierto que su autor pretendió obtener una rosa de color blanco nacarado, mediante polinización a partir de una damascena, pero merced a una mutación espontánea, dentro de las desconocidas leyes de la genética, obtuvo como una gracia concedida por los cielos la tan anhelada rosa azul.
En el palacio real había una gran expectación no exenta de nerviosismo. Todo estaba preparado para la gran fiesta, se soltarían cientos de palomas blancas y en los inmensos jardines se ofrecería al pueblo una gran recepción, con motivo de la presentación pública del heredero.
La princesa, la más bella de las muchachas de Akbar, estaba a punto de dar a luz. Se esperaba un niño preciosísimo de tez blanca, cabellos dorados y ojos claros, tal vez de color aguamarina como los de su madre, quizás de color azul turquesa como los de su padre, el príncipe.
Por fin nació el principito y en el palacio se hizo un silencio como de media hora. El desasosiego se apoderó de la familia real y de los altos dignatarios. El rey convocó urgentemente al Consejo de Ancianos para pedir su opinión sobre un hecho insólito: había nacido un hermosísimo niño de ojos negros y piel de azabache.
Después de una larga deliberación, el más venerable de los consejeros tomó la palabra para decir: "Nuestro infante negro es como la rosa azul, algo único, de una belleza extraordinaria, resultado de las desconocidas leyes de la naturaleza, un hecho natural que inaugura una estirpe de rosas y un linaje de príncipes que deberían ser timbre de gloria para la humanidad".
Ante estas nobles palabras todos asintieron y manifestaron su júbilo. Entonces el rey ordenó que los heraldos, con sus trompetas, lanzaran al aire señales para convocar al pueblo e iniciar los actos que darían lugar a la ceremonia de la coronación.
Marco Polo, 2002
Sobre el Autor
Marco Polo es el lema utilizado por Joaquín del Castillo para el I Premio de Relatos.
Sobre el Concurso
La AIIM convocó, el pasado 2002 convocado dos cursos, uno de Relatos cortos y otro de Poesía, extensivos a ingenieros industriales, con plazo hasta finales de octubre.
Actualmente, la AIIM está trabajando en la edición de todas las obras premiadas en el I Premio de Relatos y el I Premio de Poesías. Esperamos ponerla próximamente a disposición de nuestros Asociados.

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