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Oceanidas

1º Accesit del II Premio de Relatos

Se levantó lentamente de la arena, con aire lánguido y cansado. Sus movimientos eran pausados. El pelo mojado le caía por los hombros en ondas oscuras y las olas lamían cadenciosas sus pies descalzos. Unos ojos transparentes, del gris plomizo del océano bajo la luna, dirigieron una mirada curiosa alrededor. La playa estaba vacía, bañada en la incierta luz de un turbio amanecer de invierno y, por primera vez en su existencia, sintió el estremecedor abrazo del frío.

Observó, entre extrañada y divertida, como su vello se erizaba en un escalofrío al roce con el aire, y jugó a hundir los dedos de sus pies en la arena, gratamente sorprendida ante el rastro de sus huellas. El vestido mojado se adhería a su cuerpo como una segunda piel, modelando con delicadeza cada una de sus curvas. Ahora, por fin, sabía lo que era sentir la humedad, e incluso era capaz de distinguir el olor salobre de mar que destilaba su piel. Aspiró profundamente, sonrió satisfecha ante la plenitud de sus sentidos recién estrenados, y encadenando unos pasitos cortos y vacilantes, como de geisha, se dirigió al extremo sur de la playa, donde el malecón delimitaba el inicio de la actividad portuaria.

Él la vio llegar desde lejos. Ella contemplaba el quehacer cotidiano de los marineros con deslumbrada curiosidad, dirigiendo miradas ambiguas y sonrisas halagadas e invitadoras frente a los procaces piropos de los hombres. Su andar era indeciso y cimbreante. La melena suelta, el vestido mojado y las piernas desnudas le daban un aire de descarada provocación que desmentían unos ojos ingenuos y desmesuradamente abiertos ante la novedad de lo que le rodeaba. Él se preguntó de donde habría salido, que hacía a aquella hora temprana en el puerto e interrumpió su trabajo para mirarla con deleite. Pese a la brisa procedente del Atlántico que refrescaba aquella mañana de diciembre, ella paseaba despacio, ajena a la admiración que su presencia despertaba, y sus brazos desnudos reverberaban bajo los primeros y tenues rayos de sol con un brillo irisado de escamas mojadas…

-¿Dónde vas? - él se interpuso en su camino y la interpeló sonriente, esperando su reacción. Ella alzó hacia él unos ojos almendrados, de un azul dorado indefinido, el mismo color que vestía el mar en aquel amanecer, y le sonrió abiertamente.

-¿Dónde vas tú?

Le desconcertó aquella seguridad. Le desconcertaron aquellos labios húmedos en el umbral de la risa, aquella mirada directa que sostuvo la suya, aquel acento de miel, azucarado, que arrastraba las eses como en un perpetuo susurro, como si pretendiera hablarle al oído a su corazón.

-Acabo de desembarcar- dijo él, tratando de aparentar una desenvoltura que no sentía, inexplicablemente turbado ante aquella seductora aparición- Y no conozco a nadie en Lisboa…

Dejó la frase sin terminar, tejiendo una invitación implícita, y ella, en un gesto principesco que contrastaba con sus pies descalzos, y su oscuro pelo desordenado al viento, le tendió una mano, pequeña y blanca, del color de la espuma.

-Yo acabo de llegar del mar, también…Puedes llevarme contigo…

La tomó del brazo. Vagamente intuyó las miradas del resto de los marineros que se afanaban en las tareas del puerto, los velados cuchicheos sorprendidos, y se sintió envidiado, henchido de orgullo por pasear con una mujer que despertaba la admiración del resto de los hombres. Los comentarios que habían florecido a su paso se convirtieron en apagados murmullos, y, en un impulso irracional de propietario, sintió que podía matar con sus propias manos a cualquiera que se atreviese siquiera a rozarla. Como en un pacto tácito, no escrito, todos bajaron la mirada.

Caminaron juntos hasta la Ciudad Vella. Colgada de su fuerte brazo, ella le dirigía miradas rendidas de enamorada, envueltas en sonrisas de adolescente coqueta. Él sentía el corazón a punto de estallar. Jamás había paseado así del brazo de una mujer. Tenía alma de conquistador, pero su vida de marinero solitario nunca le mantenía más de tres noches en el mismo puerto. Así, se veía obligado a imaginar que seducía a las fulanas cuyos servicios contrataba, y ellas se reían de él, con un acento hiriente de burla que era igual en todos los idiomas del mundo. Él se sentía entonces decepcionado y una saudade porteña que sabía a otoño lluvioso se posaba en el fondo de su alma. Y echaba de menos caricias que nunca había recibido, lugares que jamás había visitado y labios que no había besado nunca. Echaba de menos esas pasiones de las que hablaban los marineros, esa sensación de abrigo en el corazón, esas mujeres por las que se podía matar o morir, como cantaban las melodías tristes en las tabernas de todos los puertos del mundo. Y con una sensación infinita de pérdida, se decía que era inútil jugar a enamorarse. Ni él necesitaba ser tan sutil, ni ellas deseaban que las enamorara nadie. Y cuando partía de nuevo de cada ensenada, mirando hacia la costa brumosa que dejaba atrás, escuchaba en el corazón el eco de su propia tristeza, porque siempre marchaba tan vacío como lo había traído al llegar…

Las chicas de los puertos tenían siempre ojos gatunos perfilados de negro, y risas escandalosas de carmín. Y olían siempre a perfume barato, a tasca y a miseria, dondequiera que se encontraran. Pero ella, no. Sabía a sal y a mar, y quizá por ello le resultaba tan familiar como si la hubiese conocido desde siempre. Y un sentimiento dormido en su interior le decía que sólo deseaba que le escuchasen como lo hacía ella, cuando él le relataba las noches de tempestad vividas en alta mar, y que le abrazara espontáneamente en un sobresalto de júbilo cuando recorrían las calles a bordo del desvencijado tranvía, y mirar sus ojos entrecerrados, a través del dorado resplandor del vinho verde, y escuchar su risa alborozada y efervescente, de colegiala. Enlazaron sus manos por las empinadas cuestas que habían sobrevivido a incendios y terremotos, y hablaron de cosas que a ninguno de los dos les importaban. Él le compró una rosa marchita envuelta en papel celofán a una niña de ojos rasgados y se la entregó a ella con ademán caballeresco. El jamás le había regalado flores a una mujer. Ella jamás había recibido ningún regalo. Durante un instante fugaz se sintió como un galán de película y supo que nunca olvidaría la sonrisa de agradecimiento que ella le dirigió. Y en el mutuo entusiasmo de sentimientos recién estrenados se abrazaron estrechamente, como si desearan fundirse uno en el otro. En la calleja luminosa y empedrada, un acordeón lejano desgranaba un fado melancólico que hablaba de desengaños y sabía a lágrimas viejas. Y ella tenía los ojos empañados de niebla, con ese color verde impreciso que pone el Atlántico en sus mediodías de diciembre…

Compartieron recuerdos que no tenían y proyectaron juntos planes que sabían de antemano imposibles. Tenían solo un día. Y lo sabían sin decírselo. Cuando llegó el alba, y con él, la hora de las despedidas, ninguno de los conocía siquiera el nombre del otro, pero sí cada matiz de su voz o de su risa y cada sendero que era capaz de conducirlos al oscuro reino del Placer.

Él embarcaba esa mañana. En el puerto, aferrado a sus manos, y prendido en sus ojos cambiantes y oceánicos, le preguntó dónde podría dirigirle una carta. Su respuesta fue evasiva y tajante, aunque impregnada de dulzura.

- No puedes… Yo también regreso hoy a casa…

Quiso saber donde vivía, pero ella, melosa, evadió la respuesta. Le acompañó a su barco. Él le confesó, avergonzado y dichoso, que era la primera vez que no pagaba por amar a una mujer. Ella le confesó, con ojos ávidos y centelleantes, que era la primera vez que amaba a un hombre. Se besaron en un adiós largo, pausado y mudo. Luego, él subió a bordo, y ella, sin mirar atrás, con elegancia felina, comenzó a caminar con dirección a la playa.

Él la siguió con la mirada, como había hecho la primera vez que la vio, esa mañana anterior, que ahora parecía tan lejana. Su silueta azul, con el pelo flotando a la espalda caminaba por la arena, enfrentando al mar, susurrando palabras cariñosas a las olas que se acercaban a ella. El barco retiró amarras y comenzó a maniobrar. Él supo entonces sin preguntárselo siquiera que se había enamorado. Y del mismo modo supo que, por muy dilatada que fuese su existencia, jamás volvería a saber de ella

El barco viró para enfilar la salida de la ensenada y la perdió. La última imagen que tuvo de ella fue su grácil silueta de princesa internándose en las frías aguas del Atlántico. Y entonces supo quien era. La certeza le propinó un pinchazo en el corazón mientras la capital portuguesa se alejaba a sus espaldas, y en una oleada de recuerdo, los momentos vividos el último día desfilaron ante su mente, fugaces, preciosos, buscando un sitio cómodo donde asentarse para siempre.

Supo que jamás la olvidaría. Y que además no deseaba hacerlo. Y que era cierto que, como cantaban lánguidamente las baladas de los puertos de cualquier rincón del mundo, se podía morir por amor…

Ella volvió a las profundidades de donde procedía, después de haber cumplido su deseo de conocer el amor de los humanos. Y cada noche de tormenta, entonaba sus mejores cánticos con las escamas plateadas bañadas de mar y de luna, por si acaso él podía oírla y distinguía su voz entre todas, e iba a buscarla.

Él se enroló en un barco de bandera maltesa y murió años después. Cayó al océano en una noche de galerna infernal. En su delirio perseguía una voz de mujer que decía escuchar. Saltó por la borda y jamás pudieron recuperar su cuerpo. No dejó familia. Los compañeros de su última derrota aún le recuerdan como un hombre extraño, de trato franco y alegre, al que jamás vieron beber alcohol ni besar a una mujer. Un hombre que, con ojos soñadores plenos de recuerdos, contaba historias increíbles con aires de leyenda, historias imposibles y agridulces de sirenas atlánticas de ojos de mar, besos de sal y rumoroso acento portugués…

 

Sirenas

Sobre el Autor

Sirenas es el seudónimo utilizado por Jose María Coronado, para el II Premio de Relatos.
"Nací en 1968 en Madrid, cursé los estudios de Ingeniería Industrial desde 1986 a 1992 en la Politécnica de Madrid y trabajé para distintas empresas privadas durante los siguientes siete años. A partir de ese momento, comencé mi andadura profesional y empresarial por libre con la creación de la empresa Adequa Ingeniería. Muy aficionado a la montaña y los grandes viajes, especialmente a África donde se desarrolla parte de mi actividad laboral; y últimamente también a las letras especialmente animado por Emma Lira a quien debo esta pequeña incursión literaria."

 

Sobre el Concurso

La AIIM convocó, el pasado 2003 convocado dos cursos, uno de Relatos cortos y otro de Poesía, extensivos a ingenieros industriales, con plazo hasta finales de mayo.

Actualmente, la AIIM está trabajando en la edición de todas las obras premiadas en el II Premio de Relatos y el II Premio de Poesías. Esperamos ponerla próximamente a disposición de nuestros Asociados.

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