|
MALAGA EN INVIERNO
Visión de un jardinero
3º Accesit del II Premio de Relatos
Me pregunto si la cuerda de la Humanidad
se habría pulsado de no existir antes
la nota de la belleza vegetal.
E. J. H. Corner
Veintiuno de diciembre. Acaba de entrar el invierno. Se despidió el otoño, copioso en lluvias por tercer año consecutivo. Recalo en Málaga, mi ciudad natal, después de un viaje de trabajo por el occidente andaluz. Esta tierra, de natural sedienta, ahora bendecida por el agua y siempre acompañada por un sol inseparable es como un caldero donde bulle la vida.
Madrugué esta mañana con ánimo de pasear por una zona entrañable y desconocida a la vez, hacia el este de la ciudad. Me refiero al área comprendida entre la Avenida Juan Sebastián Elcano y la montaña, y limitada por los arroyos de los Pilones, al oeste y Jaboneros, al este.
En este lugar se dispone un conjunto de calles de mediana anchura, de trazado ordenado y regular. Las construcciones son en su mayoría casas de una sola planta de tipo residencial, algunas singulares, salpicadas de vez en cuando por edificios de viviendas de baja altura, estos últimos de construcción reciente. Las parcelas sobre las que se asientan están, salvo excepciones, ajardinadas. Son jardines, modestos algunos, magníficos otros, valiosos todos. El ambiente de por sí tranquilo, está silencioso en esta mañana de domingo. Las aceras de aquellas calles que bajan de la montaña al mar están bordeadas de naranjos y jacarandas, que prestando frescor y aroma al entorno te animan a caminar.
Ha sido un paseo lleno de sensaciones agradables. A pesar de la estación en que nos encontramos, he podido observar, en un espacio tan reducido, una diversidad botánica que pocos rincones de la Península pueden ofrecer. Es difícil creer que cuando en gran parte de España, árboles y plantas están en su mayoría desprovistos de hojas y flores, en esta franja privilegiada de territorio haya una vegetación tan lozana y variada.
Mesetario de adopción y reciente el retorno a Madrid, conservo intactos en la memoria los recuerdos de esa excursión, acrecentados por el frío y lluvioso día que hoy tenemos en la capital. Permita el lector que le describa lo que vi y sentí. Acompáñeme si gusta.
Es ahora el tiempo en que el aloe despega su largo racimo florido bañando de naranjas campanillas la rocalla en compañía de la yuca y de la pita. Las bellas cassias lanzan al cielo sus espigas amarillas.
Por las cancelas descuelgan celestinas, y las campsis, salpican de rojo el brillante y cerúleo verde de sus hojas. No interrumpe su floración multicolor la lantana, y la ipomea, invasora, avasalla con sus abundantes campanas azuladas.
Florece el jazmín de invierno tiñendo de amarillo la verja, con sus ramas colgantes que rozan el suelo, como queriendo depositar en éste, sin daño, sus flores marchitas.Ya la bergenia, en la umbría, apunta en el corazón de sus hojas, la promesa de sus flores rosadas.
No descansan las buganvillas, encaradas al sur, moradas, rojas, anaranjadas, inundando de color las paredes encaladas. La dama de noche, aún perdido el embrujo de su olor conserva todo su follaje.
Un aroma leve e inconfundible, reclama mi atención. Es un jazmín, que manchando de blanco el fondo oscuro de sus hojas, continúa floreciendo sin reposo, anhelando la llegada del lejano estío.
Aún perduran las flores rizadas de las bignonias, que penden de sus largas ramas desmayadas sobre el muro . Otras flores, ya caídas, alfombran la acera. Y la solandra, sin rival, despereza copas amarillas, de oro, por entre sus grandes hojas relucientes.
Doblado y roto el hierro de la verja, ahogada cien veces por el poderoso abrazo del tallo de una glicina, que ya empieza a llenarse de péndulos racimos, certeza de la más espectacular de las floraciones.
En el interior de un jardín, alguna jacaranda inconstante, rezagada, conserva entre sus ramas altas, bellas espigas de flores azuladas, violetas, alternando, con el verde de sus frutos jóvenes, el marrón pulido, como castañuelas, de sus frutos viejos.
Sorprende la visión en un jardín tropical del papayo, cuajado de hermosos frutos que, cual melones, brotan apiñados de su frágil tronco. Más allá, con sus hojas quemadas por un frío amanecer, un aguacate, del que penden frutos oscuros y rugosos.
Y al fondo la exótica platanera, con su cogollo de hojas jóvenes enrolladas como un puro y las grandes hojas adultas desgarradas por el viento. Cuelgan racimos de plátanos, verdes e inmaduros.
El aromo, más precoz que la mimosa, alterna sus flores nuevas, perfectas esferas blancas, con multitud de vainas, cosecha de frutos de la estación pasada.
Un jardinero, con los brazos arañados por las espinas de un olivo de Bohemia, se afana en su poda. En alguna calle, de las melias desnudas cuelgan multitud de frutos globosos, persistentes, de color calabaza.
Me asomo al jardín maduro y profundo de un convento. Allí encuentran su cobijo washingtonias gráciles y esbeltas y vaporosas casuarinas. Palmeras diversas, nativas unas, la mayoría procedente de lejanas tierras cómodamente adaptadas. Al fondo, tras el edificio, se divisa un bosquete de elegantes pinos canarios.
Asciendo en mi paseo hasta la falda del monte. Busco donde descansar y finalmente me siento en un poyete del camino. Desde esta posición se me ofrece una vista privilegiada. Al fondo, los azules espléndidos del cielo y del mar mediterráneos. Y en la cercanía, la ladera plena de verdor sereno, apenas perturbado por artificios, derramándose hasta la mar salada, totalidad de un paisaje del que aún me queda un resto por describir.
Salpican aquí y allá, destacando por su porte, grevilleas espléndidas, peculiares brachichitos de troncos hinchados en forma de botella, altísimos eucaliptos, robustos almeces y esbeltas araucarias. Tal parece que estuviese visitando y describiendo su lejana tierra natal australiana.
Terminado mi reposo, ya la mañana avanzada y los ojos inundados de luz, desciendo en zigzag por entre las calles. Junto a la entrada de una casa, en la esquina del porche, se arquea, dando la bienvenida al visitante, una scheflera con sus hojas dispuestas como un paraguas Y en primer término, dominando el pequeño jardín, transmite su quietud el delicado ramaje de una parquinsonia.
Y en derredor me asaltan el color y la forma de los hibiscos, blanco, rosa, salmón, rojo... Enrollada sobre sí misma, la roja flor del malvavisco dispuesta a abrirse.
Tupida celosía cubierta por la duranta, de diminutas flores azules y frutillos anaranjados. Semioculta tras la tapia, la bahuinia hermosa, muestra alguna flor desmadejada, orquídea en ciernes.
Y arriates limitados por el boj, el mirto, el mioporo o la pródiga abelia que protegen a macizos de margaritas, verónicas, pensamientos, y violetas en todo su esplendor.
Olores inconfundibles, aún en ciernes, de pitósporos y madreselvas.
Erráticas eritrinas y palos borrachos, árboles cambiados de hemisferio, despistados en busca de la estación propicia.
Es la hora del regreso. En el camino quedan las rosas eternas. Y limoneros y naranjos. Y el carambuco, tan nuestro.
No puede este escrito, soy consciente, describir las sensaciones vividas. Coincido con aquellos que afirman que los jardines no pueden contarse, al igual que no se puede explicar una melodía Los jardines hay que mirarlos y sentirlos. Sentirlos profundamente, sobretodo. Satisfecho me sentiría, no obstante, si el lector, estimulada su curiosidad por estas páginas, emprendiese un paseo que le acercase a los jardines de Málaga o de cualquier otro lugar que esté a su alcance Si así fuera, tendría la oportunidad de disfrutar de uno de los placeres más genuinos cual es el que ofrece el mundo vegetal.
Jardines, donde el tiempo se detiene, que colmáis nuestro paseo de serenidad y de silencios.
Plantas, principio y fin de la vida, que recordáis nuestro vínculo con la tierra.
Flores, que engalanáis al mundo, y con vuestro irresistible atractivo seducís a nupciales mensajeros en el más hermoso de los juegos.
Frutos, de formas y sabores infinitos, que ofrecéis como regalo delicias exquisitas a cambio de perpetuidad.
Plantas, flores, frutos...jardines. Desvelad vuestro misterio, profundo, lejano, insondable. De vuestro conocimiento emana la auténtica sabiduría.
Jardinero
Sobre el Autor
Jardinero es el seudónimo utilizado por José Luis del Pino, para el II Premio de Relatos.
Nacido en Málaga en 1.946. Cursó la carrera en Madrid, donde vive, en la E.T.S.I.I. Desde 1.983 trabaja en el área de producción de gases de la industria química, en concreto en Plantas de CO2. Desde 1.996 presta servicio en Praxair Producción España S. L.
Sus aficiones son la jardinería, la lectura y la escritura. Por lo tanto, "por dedicación y por devoción le tengo declarada la guerra al efecto invernadero".
Sobre el Concurso
La AIIM convocó, el pasado 2003 convocado dos cursos, uno de Relatos cortos y otro de Poesía, extensivos a ingenieros industriales, con plazo hasta finales de mayo.
Actualmente, la AIIM está trabajando en la edición de todas las obras premiadas en el II Premio de Relatos y el II Premio de Poesías. Esperamos ponerla próximamente a disposición de nuestros Asociados.

|