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ION
(o la poesía de la ciencia)

7º Accesit del II Premio de Relatos

EL BAR DE LA ESQUINA: así reza el rótulo, aunque no haya ninguna esquina junto a su fachada ni pueda decirse con propiedad que sea un bar. Mi amigo Ion había heredado un chiringuito bautizado con ese nombre, situado -ése sí- en una esquina. Cuando le expropiaron el local, Ion conservó el antiguo letrero para su nuevo establecimiento de la calle Melancolía, número siete. No es un bar ni un club, aunque tenga un poco de ambos: es, ante todo, un lugar de reunión para gente noctámbula y aficionada a la poesía mezclada con alcohol. El mobiliario incluye una biblioteca repleta de obras poéticas, desde Gonzalo de Berceo hasta nuestros días. El tiempo agita su danza dorada en el péndulo de un antiguo carillón, al son de canciones de contenido poético difundidas por ocultas estereofonías. Por las paredes cuelgan fotografías de poetas y cantautores, entre las que destaca una de Joaquín Sabina, dedicada a Ion con una frase sacada de la letra de una de sus canciones: "Que no te cierren el bar de la esquina".

Su verdadero nombre es Juan, pero todo el mundo lo conoce como Ion: así lo llamaba su abuela materna en Bermeo. Aunque en vasco se escribe Jon, mi amigo cambió la ortografía para ajustarla a la del personaje del Diálogo de Platón sobre la poesía. Nuestra amistad se remonta a nuestros tiempos de estudiantes de ingeniería. Ion estaba excepcionalmente dotado para las matemáticas y la física, aunque ya entonces mostraba su predilección por la literatura y la poesía. A él le debo, por contagio, mis modestas y poco arraigadas aficiones literarias. Al terminar nuestros estudios, ambos nos colocamos en una importante empresa metalúrgica, pero el carácter individualista y anárquico de Ion no se avenía con horarios ni jerarquías, por lo que al poco tiempo se fue voluntariamente al paro. Intentó ejercer como profesional independiente, pero sus dotes comerciales eran nulas: cuando lograba establecer contacto con algún posible cliente, lo disuadía de realizar el trabajo solicitado alegando que lo que le pedían era una estupidez. En ese aspecto me recordaba al protagonista de La conjura de los necios. Estaba al borde de la ruina cuando heredó el Bar de la Esquina que, aparte de sanear su economía, le procuró abundante tiempo para cultivar sus aficiones poéticas.

Aquella tarde me encontraba deprimido a causa de un grave incidente en el taller de extrusión de perfiles y, al caer la noche, decidí visitar a mi amigo. Me vio llegar y salió a recibirme a la calle. Sobre la fachada, en tosco spray rojo, se leía una pintada ácrata: "En cuestión de elecciones / yo soy abstemio: / gane quien gane, siempre / salgo perdiendo. / Sólo me cambian / el lado en que me pegan / la bofetada".

-¡Cómo te han dejado la fachada! -le dije-. Cuando quieras, te ayudo a limpiarla.
-¡Pero si a mí me gusta! -contestó-. Conozco a quien la pintó. Es una visión poética de la alternancia política, que utiliza el metro y la rima de las Nanas de la cebolla de Miguel Hernández. Me gustaría oírsela cantar a Joan Manuel Serrat.

Nos sentamos a charlar ante una botella. Se oía a Paco Ibáñez cantando poemas de Blas de Otero y de Gabriel Celaya: "La poesía es un arma cargada de futuro".

-¿Sigues escribiendo poemas? -pregunté, tras saborear un buen vaso de vino.
-Actualmente -me contestó- estoy trabajando en una obra bastante ambiciosa.
-¿Puedo saber de qué va esa última creación tuya?
-Es un tratado de física cuántica escrito en endecasílabos.
-¿Estás de broma? -le dije, tras dar cuenta del segundo vaso.
-En absoluto. ¿O acaso piensas que hay terrenos vedados a la poesía?
-En cualquier caso -comenté-, viniendo de ti, no me sorprende demasiado. Siempre has sido especialmente original.
-De original, nada. Me limito a enlazar con la tradición grecolatina de poesía didáctica, iniciada en Los trabajos y los días, donde Hesíodo nos instruye en hexámetros acerca de temas de intenso lirismo, como establecer el día del mes más adecuado para esquilar a los corderos o el más propicio para castrar a los cerdos. Más tarde, Empédocles escribió su poema De la Naturaleza, precursor del De rerum natura de Lucrecio que, con sus 7.000 hexámetros, es el tratado científico más completo de la antigüedad. Y no olvidemos las Geórgicas de Virgilio, auténtico manual de agricultura, ganadería y apicultura, y una de las más excelsas obras poéticas de la literatura universal. (Georges Brassens cantaba a François Villon: "Mais où sont les neiges d'antan".)
-Muy bien -asentí, mientras caía otro vaso de Rioja-, pero ¿no temes que tu iniciativa resulte algo extemporánea?
-No más de lo que lo fue, en su día, el Renacimiento o el Neoclasicismo. El problema es que, durante siglos, la ciencia ha sido la cenicienta de la cultura. Cuando se habla de humanidades se dejan de lado los grandes descubrimientos científicos y las ingeniosas teorías que los han propiciado, olvidando que algunas de ellas constituyen el más sutil y refinado producto imaginativo de la mente humana.
-¿Y a qué crees que es debida esa situación?
-Las ideologías religiosas han mirado siempre con recelo a la ciencia, viéndola como un enemigo capaz de demoler sus cimientos. ¿Qué queda del cetro de Zeus a partir del momento en que el rayo queda explicado como fenómeno natural?
-Buena prueba de ello -comenté- nos la ofreció el caso de Galileo.
-Su proceso no fue ninguna novedad. Dos mil años antes, Anaxágoras había sido condenado por afirmar que el Sol era una roca ígnea mayor que el Peloponeso.
-A pesar de todo -insistí-, me cuesta creer que se pueda encontrar belleza poética en la obra de Newton o en la mecánica cuántica.
-Eso piensa la mayoría de la gente. Solamente los grandes genios universales han sido capaces de reconciliar la ciencia con el arte. El primero fue Pitágoras, al relacionar las armonías musicales con los números, con lo que la relación matemática se convertía en fuente de belleza; luego, el asombroso Leonardo da Vinci, y, finalmente, el polifacético Fernando Pessoa, uno de cuyos poemas dice: "El binomio de Newton es tan bello como la Venus de Milo / Aunque poca gente se da cuenta de ello". Me pregunto qué hubiera dicho Pessoa de la igualdad de Euler: e2pi=1 ¿Cabe mayor belleza que la de esta fórmula donde se unen lo natural, lo múltiple, lo trascendente y lo imaginario para converger en el "Uno" de Parménides? La abstracta lógica de las ecuaciones proporciona así base científica al vínculo poético entre realidad e irrealidad por medio de la unidad imaginaria 'i': Hamlet matemático instalado en la duda entre el ser y el no ser.
-Sin embargo -prosiguió-, existe una diferencia sustancial entre la física tradicional y la cuántica. Hasta principios del siglo XX, la ciencia se creía poseedora de una verdad absoluta y se pensaba que el universo podía ser racionalmente explicado y previsto hasta sus ínfimos detalles. Tal visión resulta antipoética, pues la poesía exige cierta dosis de irracionalidad, de misterio o incluso de contradicción: ese algo inexplicable que sólo comprendemos a medias y que nos conmueve sin que seamos capaces -al igual que nos sucede con la música- de explicar por qué. Es "la música callada", o el "¡Avisad a los jazmines! ", o "el fatal desaliento de la rosa" de nuestros mejores poetas.
-¡Cosa ligera, alada, sagrada, es ser poeta! -exclamé, citando a Platón.
-Creo recordar-añadí, ufano de mi circunstancial erudición, que celebré con otro vaso de vino- que Platón llama a los poetas "intérpretes de los dioses", y los compara al imán que no solamente atrae los aros de hierro, sino que hace que éstos, a su vez, transmitan su atracción a otros aros. Así, al oírte citar a los poetas, me trasladas la emoción que suscitan en ti sus obras. Pero aún no me has dicho por qué la física cuántica se presta mejor a una interpretación poética.
-¡Ah, amigo! -exclamó-: es que en las teorías cuánticas está toda la misteriosa belleza de la poesía. Cuando Heisenberg enunció su Principio de incertidumbre se desmoronaron las antiguas certezas. Desde entonces, el futuro deja de ser consecuencia estricta del pasado, y la interpretación de las leyes físicas ofrece un espacio para la fantasía y el libre albedrío, como ya lo había intuido Lucrecio, siguiendo a Epicuro y oponiéndose al determinismo de Demócrito, con estos versos que intentan dar cabida científica a la existencia de la libertad, "...No obstante, los principios (se refiere a los átomos) se desvían / de la línea recta en indeterminados / tiempos y espacios; pero son tan leves / estas declinaciones, que no deben / apellidarse casi de este modo". ¿No es esto un enunciado precursor del Principio de Heisenberg? Los cuánticos colmaron el foso creado entre ciencia, poesía y filosofía para hacer -como en el pensamiento heleno- una materia única de reflexión. Hay tal grado de imaginación, de sutileza, e incluso de misticismo, en sus teorías, que no dudo en considerarlas como las más grandes creaciones del espíritu humano. Existen, por otra parte, efectos que podríamos calificar de mágicos: partículas que son ondas, corpúsculos situados en varios sitios a la vez, superposiciones de estados, universos paralelos, diferentes porvenires, como los imaginados por Borges en El jardín de senderos que se bifurcan...
-Algo recuerdo de todo eso, de cuando éramos estudiantes -le interrumpí-, pero confieso que nunca lo comprendí muy bien.
-¡Allí está, precisamente, su encanto! En que, como señaló Heisenberg: "La cuántica es ciencia más allá de los sentidos: no podemos tener una imagen de la realidad última". Porque la cuántica nos revela el carácter inaccesible de esa última realidad. Nunca podremos hallar respuesta a lo que está por detrás de nuestras percepciones, que sólo nos muestran confusas y cavernícolas sombras, que nuestra razón intenta en vano adaptar a sus toscos esquemas imaginativos. La ciencia ha ido privando a los dioses de sus prerrogativas: el rayo, los eclipses, los terremotos, la vida... Desposeídos de sus funciones, los dioses se han quedado en el desempleo. Pero esa misma ciencia sigue incapaz de responder a la última pregunta y recurre al azar -sucedáneo de Dios- que, al suprimir la causalidad, lo explica todo, aunque él mismo sea, como Dios, totalmente inexplicable. Quizá tuviera razón Einstein con su famosa frase: "Dios no juega a los dados"; pero todas las experiencias ulteriores permiten concluir que, si no es Dios, algo está jugando a los dados, y a ese algo, en vez de "nuestra ignorancia", se le llama azar, que queda mucho mejor. Azar impersonal, sin ansias de glorificación, sin profetas ni pontífices: ubicuo tahúr impávido, que juega con nuestra realidad hecha de fluctuaciones cuánticas de la nada. Y, de vez en cuando, el tahúr se marca un farol... y nace, irreal, la poesía.
-Me dejas perplejo, Ion. Nunca hubiera pensado que pudiera encontrarse belleza en los sofisticados razonamientos de las teorías cuánticas.
-No debemos confundir la sutileza con la sofisticación. Nunca la belleza ha sido sofisticada. El valor de una teoría -ya lo apuntó Paul Dirac- debe buscarse en su elegancia, simplicidad y belleza ya que, en cuanto a su supuesta veracidad, tarde o temprano aparecerá otra teoría que la contradiga. Como dijo Agustín de Foxá: "La verdad es una mentira que todavía no ha sido desenmascarada". Tal vez la ciencia no nos descubra la verdad, pero ayuda a desenmascarar la mentira.

Se alejó, reclamado por unos clientes. Me quedé solo, intentando recordar las palabras con que me había transmitido su magnetismo; pero ahora me encontraba inerte, como el aro de hierro en ausencia del imán. Admiraba la capacidad de Ion para alzarse del suelo y buscar poesía en temas tan insólitos como la alternancia política, las fórmulas matemáticas o la física cuántica. Yo siempre -pensaba- he sido mucho más terrenal: a veces me dejo seducir por una música, por una bella idea, por un cuadro... o por la curva de una cadera; pero la chispa se apaga y regreso a mi cotidianidad circunspecta y a mis prosaicos problemas con el taller de perfiles.

Me encontraba a horcajadas entre sopor y conciencia, entre realidad e irrealidad, entre indiferencia y entusiasmo, entre poemas y perfiles metálicos, flotando en estados superpuestos, como si yo mismo fuera un fenómeno cuántico. Sonaron, lentas, en el carillón, las tres de la mañana. La canción de Sabina ("Y nos dieron las diez y las once...") me llegaba confusa. Tal vez era yo mismo quien la estaba tarareando. Acabé lo poco que quedaba en la botella y rematé con un cubata. Los clientes del bar, uno a uno, se fueron marchando. Ion salió a cerrar. Yo me dije: "cuidado, chaval, te estás emborrachando".

Salí a la calle, a merodear por la aquiescente y sustentadora complicidad de las farolas.

Y la Luna -farol de órdago del tahúr-, fingiéndose real, me encontró al amanecer intentando componer -naturalmente, en endecasílabos- un manual de instrucciones para el mantenimiento técnico de las prensas de extrusión.



 

Aristocles de Viastrecha

Sobre el Autor

Aristocles de Viastrecha es el seudónimo utilizado por Miguel Ángel Blasco López, para el II Premio de Relatos.

Nacido en Zaragoza en 1934, "Ingeniero Industrial, en ejercicio libre. Ocho años en Barcelona, doce en París, diez en Madrid y el resto en Zaragoza. Escribe relatos y poemas. Capaz de pasar dos mil horas preparando una novela, o veinte corrigiendo un simple párrafo: es su tributo por meterse a escritor sin tener dotes para ello. Luego sale lo que sale. Pero no importa: lo que cuenta es la aventura de volcarse en el intento. También dedica mucho tiempo al piano, pero más vale no hablar de ello porque podría hacer llorar a más de uno. Distraído como hay pocos, no es raro verlo con un calcetín de distinto color en cada pie. En fin: una joya."

 

Sobre el Concurso

La AIIM convocó, el pasado 2003 convocado dos cursos, uno de Relatos cortos y otro de Poesía, extensivos a ingenieros industriales, con plazo hasta finales de mayo.

Actualmente, la AIIM está trabajando en la edición de todas las obras premiadas en el II Premio de Relatos y el II Premio de Poesías. Esperamos ponerla próximamente a disposición de nuestros Asociados.

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