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Eutimio Mala Suerte
5º Accesit del II Premio de Relatos
Desde que nació. Bueno, incluso ya antes tuvo problemas con el cordón umbilical que se enroscaba por terrenos angostos.
Y le pusieron por nombre Eutimio, que no auguraba grandes propósitos. A los 8 años ya había cambiado 5 veces de colegio, porque su padre holgazaneaba con el trabajo permanente. Amigos no tenía, claro, pero uno, que lo era casi, le tiraba piedras.
Así fue creciendo, poco, pero suficiente para dar la talla. En plena adolescencia senil se echó una novia y casi la embaraza de tan fuerte que le apretaba la mano. Cuando tenía la oportunidad de un beso siempre le coincidía con el chicle, y de hacer la pausa y tirarlo se le pasaba el tiempo. Estudió, pero no aprobó, y tuvo que empezar a ganarse la vida. Le dio por lo comercial, pensando que podría explotar su vena negociadora, y se compró un coche de segunda mano izquierda para recorrer mayor número de clientes en menos tiempo . La verdad es que no tuvo buen ojo, porque aparcar, lo que se dice aparcar cerca de un cliente, sólo lo consiguió una vez y resultó ser espacio reservado a inválido, con guardia cerca y por tanto multa. Cambió de zona para visitar pueblos y aparcar fácil, lo que resultaba sencillísimo siempre que era capaz de encontrar el pueblo. Y es que algunos vienen muy trabados en los mapas. De todas formas lo más desesperante era conducir por carreteras de dos o más carriles con tráfico denso. Siempre le coincidía el carril lento, y cuando cambiaba a otro, se "lentificaba" más que el anterior.
En uno de estos pueblos conoció a una moza mientras comía en un bar el plato del día (anterior). No era guapa, pero sí seria. O, por mejor decir, no parecía guapa pero parecía seria. Tontamente empezaron a verse, además de mirarse, salieron y se encontraron. La chica tenía unos ahorrillos y le animó a cambiar de vida (en todos los sentidos). Eutimio dejó su trabajo, se casó con ella y pusieron una tienda de lencería fina en el pueblo, aprovechando los conocimientos que ella tenía del tema provenientes de una prima suya que había vivido en París cerca del Bois de Boulogne. Pero el negocio no tiraba. Los hombres miraban pero no entraban. Las chicas jóvenes gustaban de retozar sus senos al aire debajo de la blusa a semidebotonar, y las mujeres maduras de lo que realmente estaban necesitadas era de lencería gruesa. A pesar de todo y como había seis clientas buenas y feas que compraban todos los meses, sobrevivían razonablemente.
De vez en poco Eutimio iba a la ciudad para otear otras oportunidades. Un día leyó en un periódico de ayer las bases de un concurso de poesía corta. Recordó entonces una poesía que había escrito cuando remoloneaba con la lírica de la vida y la envió al concurso. Quedó el tercero, pero sólo había dos premios. El título de la poesía era "ALBORADA" y rezaba así:
Trazó en carmesí la flor
un susurro de violencia
y su cuerpo se rasgó
estremecido al dolor
de sentir su pena abierta.
Otro día se encontró con antiguos compañeros, de cuando vendía. Fue en un bar, mientras se bebía una caña mal tirada. Estaban esperando "un punto" para jugarse la comida al mus. Eutimio se animó, se sentó y jugó. Normalmente no cogía buenas cartas, pero aquel día, en el momento crítico, agarró tres reyes y caballo de mano. Le echaron órdago a grande, quiso y palmó, porque el Avelino había cogido cuatro reyes. Pagó la comida. Fue una suerte que él no hubiera tomado postre. A la salida se topó con un mendigo y, como era generoso, le dio una limosna. Luego le vio subir a un coche mejor que el suyo: era un mendigo rico. Lo peor fue cuando el coche cruzó por encima del único charco del barrio. Le puso perdido el traje que recién había sacado de la tintorería. Aquel día terminó en el cine. Le dieron la segunda fila, pero no le importó porque ya había visto la película. Se fue enseguida.
En el pueblo vivía tranquilo. Su mujer le quería, o al menos lo parecía. En realidad le engañaba. Sólo con la imaginación, pero le engañaba. De hecho no podía quejarse porque siempre le fue fiel de cuerpo, que ya es bastante en los tiempos casquivanos que corrían.
Para matar el tiempo empezó a hacer deporte. Primero pelota a mano, hasta que se le escuajeringó el meñique contra la pared lateral. Luego se pasó al golf. Resultó que unos hacendistas del pueblo contemplaron la posibilidad de hacer una urbanización en el páramo y la adornaron con un campo de golf.
Eutimio se gastó un dineral en clases con un profesor de la capital que no tenía maldito interés en enseñar y aprendió lo suficiente para jugar. Hubo un día que sólo perdió 4 bolas y se fue a la charca nada más que 3 veces. Pero lo peor era lo del campo magnético que se creaba entre los árboles y sus bolas, que determinaba irremisiblemente que éstas chocaran casi siempre con aquellos.
Pasaron los meses, incluso algún año que otro. Dos de las buenas clientas pero feas que tenían se murieron, y el negocio de lencería fina entro en "break even", a saber, beneficio cero. Lo vendieron, sacaron una pasta, media para ser sinceros, y acordaron buscar un trabajo dependiente. (Ella dependiendo de él, y él dependiendo de lo que encontrara). Se acomodó con facilidad en la inmobiliaria que habían creado los hacendistas. A sus habilidades comerciales ya probadas en el pasado, unía su conocimiento del golf, lo que le colocaba en posición envidiable para realizar esa tarea. Y a ella se aferró con ilusión.
Al principio no fue nada fácil, porque unos chalets adosados en un páramo, incluso con calefacción, agua caliente, trastero y campo de golf, no son ferviente objeto de deseo. Luego fue más duro, cuando quedaron a la venta los cercanos a la charca, con su aroma putrefacto e inconfundible. Claro que el mayor problema no era con todo el vender, sino cobrar las comisiones reales prometidas por los hacendistas después de sufrir la erosión de una imprevisible cascada de descuentos.
Con todo, la vida continuaba, y nunca mejor dicho porque vino al mundo el primer hijo de Eutimio. Fue sietemesino y medio, violando todas las estadísticas de los partos, pero llegó con todas sus cosas bien puestas. Las primeras 300 noches fueron un tanto duras porque el infante tenía el sueño cambiado y aprovechaba el amanecer para descansar, en contra de la rutina habitual, pero Eutimio y su santa supieron repartirse los papeles con habilidad de manera que él permanecía despierto por la noche y ella descansaba por la mañana.
Tanta noche en vela propició la reflexión de Eutimio que concluyó pensando en la conveniencia de cambiar de trabajo. Se armó de valor y de licencias y montó un bar. El negocio funcionó aseadamente bien hasta que se topó con el implacable "cash-flow". Eutimio desconocía que cuando se compra se paga y cuando se vende se cobra, más tarde y no siempre, porque a los amigos hay que fiarlos. Total, que le salió un agujero más grande que el de la capa de ozono y tuvo que contener la respiración, vender el bar y seguir respirando.
La experiencia le sirvió para darse cuenta de que su formación era insuficiente por lo que decidió hacer un curso por correspondencia. Después de rigurosa prospección de mercado descubrió que todos los que vivían bien en el pueblo tenían ordenador, y que algunos incluso lo utilizaban, así que se decantó por la informática. Se proveyó del material adecuado (de tercera mano para no malgastar recursos) y se dedicó a ello con ahínco y esmero.
Pronto se convirtió en un experto en nada, quiérese decir de nada que supusiera utilidad, dado que el material caduco que había comprado adolecía de chips por todos los lados. Pero el curso era bueno, cinco años atrás era bueno.
En el entretanto le salió la cuarta muela del juicio. Bueno, salir, lo que se dice salir, no salió pero se le manifestó, aunque de forma incorrecta. Después de la operación estuvo tres días a líquidos y se limpió el cuerpo de toxinas. Como no tenía mucho trabajo (en realidad, ni mucho ni poco) se afanó en cultivar el jardincillo que tenían transformándolo en huerto. Se le dio bastante bien, pero el perro del Evaristo, que no manejaba la horticultura, se lo destrozó todo. Se salvó el perejil, que aguanta mucho.
El avance y el progreso se dieron también cita en el pueblo y alguien montó una oficina de loterías y similares. Un miércoles, a media mañana (que debe ser, según precisos cálculos numéricos, sobre la 11 y 20), Eutimio se pasó por allí. El jueves, primitiva con bote, decía un cartel que pretendía ser llamativo. Se aseguró bien del tema con la lotera y rellenó el boleto. Algo en su interior le decía que aquel no era un momento cualquiera. Tuvo exquisito cuidado en la elección de los 6 números: el 2 de su cumpleaños; el 16, cumpleaños de su santa; el 22, cumpleaños de su hijo; el 23, día de su boda; el 39, por los años que tenía y el 41, por los años de su querida e inconformista santa. Se fue a casa nervioso, no sin antes tropezar, como todos los días, con una gruesa piedra que se había afincado en los aledaños de su domicilio.
El día siguiente, jueves, transcurrió como de costumbre, adornado con las 15 o 20 contrariedades de rigor. Llegó la noche, esperó lo procedente y encendió el televisor. Le dio a la tecla de videotexto (se sentía orgulloso de haber aprendido a utilizar con soltura tan oportuna fuente de información) y buscó "loterías". Una vez allí no le fue difícil encontrar "primitiva" y el sorteo del día. Miró con expectación los números y no pudo ahogar un grito de estruendosa alegría: había acertado 4 números y le correspondía un premio de 61 euros.
Hizo un rápido cálculo mental en los siguientes 6 minutos y descubrió que el premio era superior a las 10.000 Ptas. No se lo podía creer. Sabía que algunos vecinos, en ocasiones, habían acertado 3 números, pero 4..., eso era algo reservado para los muy afortunados. Eutimio se dio perfecta cuenta de que era un hombre de suerte, de los que nacen con estrella, vamos. En el mundo hay gente así y él era uno de ellos.
Alborozado, corrió a casa y le dio la buena nueva a su santa fundiéndose en un afectivo (que no excitante) abrazo. Qué suerte tenemos, dijo, mientras sonreía con esa paz y generosidad que sólo un hombre como él era capaz de transmitir.
NOTA ACLARATORIA
Con la emoción y las prisas Eutimio no reparó que los únicos números que había fallado eran el 39 y el 41. En su lugar habían salido el 40 y el 43. Tampoco recordó (la ansiedad y la emoción eran embargantes) que ese jueves era su cumpleaños: hacía 40 años. Por otro lado, su amada y santa esposa nunca le había dicho su verdadera edad. El hecho de ser mayor que él le movió en su momento a retener en el anonimato dos años de su vida. Ya había entrado en los 43...
Virutilla
Sobre el Autor
Virutilla es el seudónimo utilizado por José María Silleras Ruiz, para el II Premio de Relatos.
Nacido en Burgos, casado, tres hijos, cinco nietos. Ingeniero Industrial Superior por la E.T.S.I.I.M. Ha desarrollado su vida profesional, ocupando puestos de alta dirección en Madrid, París, Nueva York y Buenos Aires. Escritor y profesor de masters en Escuelas de Negocios. Enamorado de la familia y del juego.
Sobre el Concurso
La AIIM convocó, el pasado 2003 convocado dos cursos, uno de Relatos cortos y otro de Poesía, extensivos a ingenieros industriales, con plazo hasta finales de mayo.
Actualmente, la AIIM está trabajando en la edición de todas las obras premiadas en el II Premio de Relatos y el II Premio de Poesías. Esperamos ponerla próximamente a disposición de nuestros Asociados.

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