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El viaje
1º Premio del II Premio de Relatos
No sé cómo debería comenzar, supongo que lo más correcto sería presentarme a vuestras mercedes. Mi nombre es Lucas, natural de tierra onubense: mi padre fue un sencillo y humilde zapatero al que nunca le llegaba el dinero para nada salvo para unos cuartillos de vino cada semana que le permitían olvidar su miserable vida. Nunca me quiso como a un hijo ni se preocupó en demasía por mí, así que el día que apareció tieso en su taller, con los ojos clavados en el infinito y la sonrisa del rictus mortal, a nadie le importó lo más mínimo y para mí sólo supuso el fin de mi corta infancia y el despertar a la miscelánea de culturas y complicada vida de aquella ciudad, en el ocaso del Siglo XV.
Concluir el sepelio y olvidarme de mi padre, de su memoria, todo fue uno. En mi cabeza se agolpaban las dificultades sobre cómo habría de sustentar a mi desolada madre, la única para la que esa desaparición supuso algo y cuya mente quedó levemente nublada tras la defunción.
La primera, y quizás más lógica de mis opciones, fue la de asistir como aprendiz a algún zapatero, no en vano tenía todo el material de mi padre. Así que, ya fuera por renovar su equipo o por mis conocimientos sobre palas, bigoteras y tapas, un maestro zapatero de la calle Postas, me acogió en su taller.
El comienzo de nuestra relación laboral no fue del todo decepcionante, aunque ni mucho menos llegó a emocionarme. Maese Nicolás me trataba con displicencia, nunca mostró una cara amable ni me felicitó por el trabajo bien hecho, pero los maravedíes que me daba, con harto dolor de su corazón, traían sopa caliente a mi madre que se debatía entre la inconsciencia soñolienta y los breves momentos de lucidez donde sólo conseguía suspirar retazos de su vida.
De vuelta a casa cada noche, veía a los chicos de mi edad jugar a los dados en la pared trasera de la iglesia de Santa Fe u organizar escapadas a las calles anejas al Palacio Ducal para intentar aligerar los bolsillos de algún gentilhombre demasiado preocupado por mantener la barbilla enhiesta y acicalarse el bigote finamente recortado al paso de cualquier calesa con alguna dama dentro. Yo por mi parte, soñaba con escapar de esas paredes blancas, ventanas con celosías, calles estrechas y patios interiores, para descubrir lugares más allá del océano. Toda mi imaginación volaba hacia ciudades mágicas con flores de colores centelleantes, mujeres exóticas e inmensos tesoros que esperaban la llegada del hombre blanco. Alimentaba mis ilusiones con los relatos que circulaban por los mentideros y tascas de la ciudad, traídos por recios marineros que en la mayor parte de los casos no habían doblado siquiera el cabo de Buena Esperanza, mucho menos arribar en las costas de Cipango o Catai.
El destino inmediato me tenía sin embargo preparada una sorpresa mucho menos agradable que esos fantásticos destinos y dorados paisajes.
Una mañana de Abril estando en el taller donde reparaba, sentado en mi tajilla, unos borceguíes de finísimo paño color añil pertenecientes al Duque de Miranda, irrumpieron violentamente en la estancia dos soldados flanqueando la entrada a un corchete que con paso altanero subió el escalón de la entrada y echando un vistazo descuidado al interior del local, dijo, dirigiéndose a mi maestro:
-" Nicolás Urdemalas del Pecho, nieto del otrora conocido como Ibn Shanin, queda arrestado en nombre de la Santa Inquisición ".
Giré la cabeza a tiempo de ver como mi maestro caía al suelo como fulminado por un rayo y el rostro lívido de muerte. Los soldados se apresuraron a recogerle y, asiéndole por los brazos, salieron por la puerta tan súbitamente como habían entrado. Quedéme allí sentado, con el sol dibujando, a través de la reja de la ventana, blancos rectángulos en el viejo suelo de madera, sin el más leve sonido, asimilando lo que acababa de pasar.
Cuando al día siguiente volví al taller, lo encontré cerrado y en la esquela de la puerta se detallaba todo el pasado judaizante del maestro zapatero y sus prácticas y ritos "contrarios a la Sagrada Ley de Nuestro Señor Jesucristo" hecho por el que, "en aras de la preservación de la Fe" había sido encarcelado y obtenida de él una confesión que le llevaría a la pira funeraria que se celebraría, "D.m., el 21 de Abril día de S. Anselmo, para expiación de sus pecados".
No creía una sola de aquellas acusaciones, pero no iba a ser yo quien replicara la sentencia del Santo Tribunal, de modo que comencé a andar errabundo, pensando en cómo volvía a necesitar un trabajo. Así recorrí las calles hasta que levanté los ojos y vi que había llegado al puerto. El olor salobre, la fresca brisa y la inmensidad del mar azul me invadieron y casi al instante recobré el ánimo con la certeza de que esa misma mañana volvería a trabajar. Empero no tenía fuerza suficiente como para trabajar de estibador y calafatear los barcos no me atraía demasiado. En éstas estaba cuando vi el letrero en la pared, colgado por sus eslabones herrumbrosos. Dibujado en él, una bestia diabólica que escupía llamas por la boca, " El Fuego del Sur". Abrí la puerta de la fonda y, con la débil luz que penetró, sólo pude divisar a un hombre mastodóntico y feo como el demonio que limpiaba con un trapo negro carbón los vasos en la barra de madera. Levantó la vista un momento y después de escupir sobre el siguiente vaso de la fila, me espetó: " No se sirven comidas de beneficencia".
Su voz cavernosa a punto estuvo de devolverme a la calle pero había decidido que eso era en lo que iba a trabajar. Así se lo expliqué y, obviando el tema de la Santa Inquisición, le hice un resumen de mi corta pero ajetreada existencia, incluyendo la reciente pérdida de mi madre que pasó sus postreras horas en el convento de las Madres Bernardas. Pasaron unos segundos eternos en los que sólo se oía el goteo del caño en la pila y, volviendo a mirarme con esos ojos profundos e inflexibles, dijo:
-"Coge el trapo y limpia todas las mesas".
De este modo tan caluroso empecé en lo que, sin yo saberlo, cambiaría el resto de mi vida. Por la taberna pasaba toda la fauna del puerto, desde los rudos y malolientes marineros hasta los atildados y serios contramaestres y capitanes de navío. En las mesas se cerraban tratos comerciales y algunos otros que no lo eran tanto. El secretismo de esos oscuros tejemanejes se escapaba a los demás parroquianos pero no a mí que deambulaba por las mesas sirviendo vino y ron con los oídos bien abiertos, de modo que siempre estaba al tanto de la mercadería de esclavos, del traslado de grandes fortunas bajo la apariencia de un envío de provisiones o de innumerables proyectos que sobre la ruta de las especias se trazaban con la ilusión de volver con el ducado o almirantazgo de algún reino de Trebisonda.
Sin embargo de entre toda la variopinta clientela del local, los que siempre llamaron poderosamente mi atención fueron Vicente Yáñez y Martín Alonso más conocidos como los hermanos Pinzón. Su prestigio y autoridad se dejaban notar cada vez que cruzaban el umbral. El ruido de las diatribas y las carcajadas estridentes se silenciaba a medida que los hermanos se acercaban a la mesa reservada cercana a las escaleras que llevaban al segundo piso. Una vez acomodados, la gente volvía a recuperar el tono habitual de sus conversaciones.
Fue precisamente de ellos de quien oí el comentario sobre el viaje que un navegante italiano, poco conocido en los círculos de la mar, pretendía hacer hacia las Indias por la ruta occidental. Ya lo había propuesto en la corte lusa de donde fue despachado con diligencia por el rey Juan II. La reunión con los dirigentes de la otra potencia marítima mundial no se hizo esperar, y se rumoreaba incluso que nuestra católica majestad había prohijado el proyecto aportando fondos de su tesoro personal.
Mi cabeza volvía a arder con cuentos imaginarios a bordo de algún galeón, oliendo a salitre y bregando en los mares más remotos hasta divisar costas con selvas frondosas y arenas tan blancas que hacían daño a la vista. Ensimismado permanecía hasta que Curro, el tabernero, me daba un pescozón y me chillaba que atendiera las mesas.
Una idea golpeaba mi cabeza: "tenía que embarcarme en ese viaje". No sabía siquiera si se produciría, ni cómo lograría formar parte de él, pero sentía la fuerza de su llamada. Poco a poco fui acercándome más a los hermanos marineros. Les servía con prioridad, adelantándome a sus requerimientos, aprovechando cualquier ocasión para comentar algo de lo aprendido sobre corrientes, alíseos y galernas. Pasaron las semanas, pero aquellos hombres no parecían darse cuenta de mi interés.
El puerto hervía en actividad ante la proximidad, estaba seguro, del Viaje. Siempre que mis obligaciones me lo permitían, me escapaba para poder presenciar cómo avanzaban los preparativos. Fardos de alimentos que subían por las pasarelas, cerdos y gallinas que esperaban alborotados en corrales improvisados en los pantalanes, mosquetones y arcabuces con sus barriles de pólvora preservados de la humedad. Estos últimos no entendía muy bien por qué se llevaban, pues pensaba que los habitantes de aquellas lejanas tierras estarían deseando la llegada de extranjeros.
Un día, mientras contemplaba cómo el sol se ocultaba por la línea del horizonte, alguien se me acercó y se sentó al lado, en silencio. Ni siquiera giré la cabeza para ver quién era. Daba igual, sería otro soñador como yo. Así quedamos un rato hasta que, después de un leve suspiro, mi acompañante dijo:
-" Allí va nuestro guía en el vasto océano, el que nos dirige y nos orienta".
¡ Era Martín Alonso!, sentado a mi vera.
-" Nunca te has preguntado, Lucas, ¿dónde se esconde después de desaparecer?, ¿si volverá a salir como cada día?".
¡Se sabía incluso mi nombre!.
-" Mañana, intentaremos descubrir algo más sobre todo eso, navegaremos hasta donde nadie ha osado jamás hacerlo".
Hablaba del Viaje, se refería a Él.
-" Muchacho, supongo que no querrías arriesgar todo y enrolarte en esta aventura sin final conocido que o bien nos hará los más grandes o por el contrario nos hundirá en la sima más profunda".
No podía ser cierto, me lo estaba pidiendo. Intenté hablar, pero no me salían las palabras, tenía el mundo ante mí y permanecía mudo. Supongo que mi expresión lo dijo todo, porque incorporándose y, ya dándome la espalda, le oí:
-" A las ocho de la mañana debes estar enfrente de la Pinta. Ese será tu nuevo hogar".
Inmóvil, petrificado, preguntándome si todo era soñado o realmente había sucedido. Sólo cuando la brisa nocturna me hizo estremecer, recuperé el movimiento y me fui a la posada. No pude conciliar el sueño en toda la noche. Me costaba incluso respirar. Quería abarcarlo todo, pensaba atropelladamente y una idea se agolpaba sobre la siguiente. Con la primera luz del día, me levanté del jergón y bajé a limpiar todas las mesas y fregar los suelos. Sería la última vez que lo hiciera y no quería llegar tarde a la cita. Curro apareció jurando que a qué venía tanto escándalo. Se lo conté todo y, retrasando como siempre la respuesta, soltó:
-" Ten cuidado rapaz, y vomita siempre a sotavento".
Mientras corría hacia el puerto, pensaba que eran las palabras más cálidas que jamás me había dicho. Incluso me había dado una bolsa con 5 doblas, todo un gesto hablando de Curro.
Divisé el palo mayor de cada una de las carabelas y a los marineros ultimar los detalles corriendo por las pasarelas. Uno de ellos me cogió por el blusón y me lanzó un bulto para cargarlo en la Pinta. Con la frenética actividad explotó toda mi pasión y pronto me sentí un camarada más dentro de aquel grupo de castellanos, andaluces, vizcaínos y otras gentes de variadas procedencias.
Hacia las doce todo estaba dispuesto para partir. La gente se arremolinaba en el puerto para despedir aquella expedición de gloria y fortuna (eso deseábamos). Fue entonces cuando le vi. Iba con los dos hermanos, capitanes de la Pinta y de la Niña, su pelo rubio cenizo se agitaba con el viento y bajo el brazo llevaba algunas cartas de navegación y un sextante. Sus ropas no parecían demasiado apropiadas para la mar pero su paso aplomado y resuelto transmitía seguridad y confianza y, supongo que eso era lo que se esperaba del encargado de la nao capitana, la Santa María.
Cada uno se dirigió a su embarcación y el Padre Tomé, franciscano de la Rábida, nos hizo arrodillar para rezar al Altísimo y bendecir la salida. Después del amén, todos corrieron a sus puestos y empezaron a largar drizas e izar el velamen. El viento hinchó el trinquete y la mayor que con sus cruces rojas señalaban la ruta a seguir. La madera crujía bajo mis pies y, ante la algarabía de la gente, se soltaron amarras. Las naves se fueron alejando, adentrándose en el mar, ese mar misterioso, cuna de riquezas y peligros desconocidos, suave manto azul que habría de envolvernos durante... qué más daba el tiempo. Sólo importaba el viento, las olas y los hilos dorados de ese sol de Martín Alonso que nos vio partir aquel 3 de agosto en la aventura más grande jamás realizada, aunque eso, fermosas doncellas y donosos caballeros, es otra historia que ya se contará.
Álvaro Seguro
Sobre el Autor
Álvaro Seguro es el seudónimo utilizado por Jose Miguel Cuesta Leal, para el II Premio de Relatos.
Sobre el Concurso
La AIIM convocó, el pasado 2003 convocado dos cursos, uno de Relatos cortos y otro de Poesía, extensivos a ingenieros industriales, con plazo hasta finales de mayo.
Actualmente, la AIIM está trabajando en la edición de todas las obras premiadas en el II Premio de Relatos y el II Premio de Poesías. Esperamos ponerla próximamente a disposición de nuestros Asociados.

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