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El Reencuentro

8º Accesit del II Premio de Relatos

Catherine apretujaba entre sus manos la carta que había recibido justo hacía un año, era de su antigua profesora de literatura; no pudo evitar sentir tristeza al releerla, la carta decía:

Querida Catherine:

Son ya diecisiete largos años los que han pasado desde los tiempos del college, el tiempo como ya sabes es un voraz consumidor de almas, y como testimonio de su insaciable apetito me ha regalado a su paso una gran cabellera blanca, muchas arrugas y más recuerdos. Los libros no han dejado de acompañarme durante todo este tiempo y he de confesarte que quizá con más pena que gloria publiqué dos libros sobre crítica literaria alabados por expertos pero desconocidos para el gran público, lo cual me complace, pues como decía O. Wilde cuando todo el mundo se interesa por ti es que en algo estás equivocado... No siento pudor al decirte que recuerdo aquellos años como los mejores de mi vida, veo vuestras caras como si las tuviera presentes, os recuerdo a todos juntos en la entrega de los diplomas de fin de curso con enorme expresión de orgullo, te veo a ti junto a Jack, a Mary, a Tom, a Alfred...

Soy ya una anciana que no desea ya más que hacer realidad dos o tres cosas en su vida, una de ellas es concerniente a vosotros, y es que me encantaría que me visitaseis en mi casa de campo en Haverhill, el próximo día 18 de noviembre, sábado, a las 20 horas, tenemos todos muchas cosas que contarnos, será una alegría la que daréis a ésta vieja si acudís todos.

Sin más, doy por sentado que no faltarás a la cita.

Sinceramente tuya,

Madeleine

Sintió de nuevo lo mucho que había cambiado su vida desde aquel encuentro, había dejado a su marido, algo que se arrepentía incluso de no haberlo hecho antes, había cambiado de trabajo, ahora era escritora, y sobre todo le había influido en el alma aquella noche de casi hace un año de forma muy profunda. Comenzó a recordarlo todo de nuevo...

El camino en tren hasta Haverhill ofrecía a los ojos un panorama genuinamente inglés, prados interminables, a lo lejos enormes campiñas con ovejas pastando. Catherine las observaba con una leve sonrisa, no pudo evitar comparar la mirada ovina con la de su marido.

Recordaba a Jack a la vez que veía su reflejo en el cristal de su asiento, su primer novio de los tiempos del colegio, eran tan jóvenes! Ahora el reflejo del cristal le devolvía a la realidad con cruel persuasión. Apenas quince años tenían, recordaba su acné y su grosería barata, pero siempre desternillante, no era fácil impresionar a una niña de alta clase social como era ella, y Jack podría encontrarse entre las dos o tres personas que lo habían logrado, sería estupendo acudir a la cita sólo por reencontrarse de nuevo con Jack.

La casa de campo era la clásica casa de campo inglesa, muy adecuado para el carácter sosegado y misántropo de la profesora Madeleine, pensó Catherine. Allí la imaginó con sus ya cerca de 75 años cuidando sus petunias ó cocinando unos deliciosos bollos de crema.

Se dirigió hacia la casa, era otoño y las hojas formaban una alfombra de melancólica bienvenida a lo largo del recorrido a la puerta.

Miss Albright la recibió con una enorme sonrisa y unos exaltados ojos azules, que conservaban la viveza de antaño, y quizás también refrendaban que su agudeza no había variado un ápice ( de ser actriz la hubiesen contratado para hacer el papel de Miss Marple, pensó Catherine). -Estás encantadora, querida, mi querida Catherine, son ya tantos años...adelante.- la invitó a entrar en el salón con un delicado gesto de su anciana mano.

Allí se encontraban todos los concitados, Mary Clarence, John Upside, Alfred Dewhills, Tommas Alexis, Elizabeth Fendor, Anna Stradford y Jack, Jack Malow. Todos estaban manifiestamente más envejecidos pero ninguno de ellos había perdido su perfil anímico, el tiempo podía dejar huellas de su paso, pero la memoria era buena guardiana de sus verdaderas almas, y así sus miradas se lo corroboraban.

Saludó a todos lo presentes y se sentó en una butaca de cuero de estilo victoriano; la casa era sobria y las paredes forradas de madera ofrecían un cálido hogar a los viejos amigos de la adolescencia.

Hablaron ordenadamente de sus vidas, Mary vivía su segundo matrimonio como una prolongada luna de miel, parecía tan soñadora como siempre, pero tenía tres hijos de su primer esposo. John parecía ser un tiburón de la City londinense, y peroró un rato sobre sus deslumbrantes conocimientos sobre activos financieros. -Dadme vuestros ahorros que yo sabré gestionarlos, quizá perdáis la cantidad pero no perderéis un amigo porque yo suplantaré la cantidad de mi bolsillo en caso de pérdidas-comentaba en tono burlón y seguro de sí mismo.

Alfred estaba soltero, parecía haber acabado como vulgar asaltatabernas y con un simple empleo de oficinista, su abandonada barriga así lo confirmaba.

La profesora Madeleine observaba con acuciante interés las conversaciones de cada uno de ellos, a Catherine le pareció adivinar una extraña mirada en los ojos de aquella.

Tommas no estudió carrera. -Pero regento un próspero negocio de ferretería en Aylesbury, paz y tranquilidad, es todo lo que necesito- apostilló fanfarronamente.

Elizabeth parecía una verdadera dama inglesa, de las que ya no quedan, jugaba al bridge, practicaba equitación y seguramente tomaba el té con una nube a las cinco en punto.

Se ha convertido en una cínica y petulante snob, pensó Catherine. Anna era propietaria de una pequeña editorial, Stradford&Malow. -Jack aseguró que el negocio iba de maravilla y que ya de paso-dijo con cierto humor-"he podido alimentar mi ego publicando un conjunto de poesías que guardaba desde los tiempos de la universidad, afortunadamente el buen nombre de la firma se mantiene incólume, verdad Anny?" dijo esto sonriendo como si esperara la carcajada general pero se encontró con la mirada desaprobadora y triste de Catherine. Casado con esa la estúpida de Anna Stradford, puaj, no puedo creerlo, farfulló para sus adentros.

Estuvieron conversando durante un largo rato, recordando los tiempos del colegio, las travesuras al resto de los profesores, evocando lejanas anécdotas sobre compañeros ya casi olvidados...La profesora Madeleine, excelente comunicadora, anciana versátil y profundamente culta, adoradora de Yeats y Middleton parecía estar extasiada con la compañía de sus viejos alumnos, animaba deliciosamente la charla con su amabilidad y frases exactas, con un tempo en el verbo de puntualidad inglesa.

Pasaron al comedor, la cena iba a ser servida; la sala era muy amplia, claramente de estilo eduardiano, aunque aquí y allí se notaba la mano heterodoxa de Miss Albright en algunos detalles, como un juego de candelabros sobre la repisa de la chimenea francesa.

La sirvienta, vestida con cofia sirvió de primero sopa de gallina y puerros escocesa y de segundo ensalada de manitas de cerdo y pudding negro a la salsa gribiche, de postre se sirvió natillas con cortezas. Todo estaba realmente exquisito, la cena fue más que agradable, Jack contó algunos chistes sobre el colegio pero todos rieron menos Catherine, la dejó estupefacta y fría la noticia de Jack, pero se sentía egoísta, ¿qué derecho tenía acaso a vindicar nada sobre una persona que hacía 17 años no veía? Su torpe matrimonio era el inductor de tales celos, pero no dejaba de ser verdad que en un tiempo estuvo muy enamorada de Jack, quizá en la mejor época de su vida.

Pasaron de nuevo al salón, los hombres tomaron un coñac, las mujeres un té, y alguno tuvo la descortesía de llenar de humo de habano la estancia, eso no le iba a gustar nada a la tonta de Elizabeth, rió para sus adentros Catherine. Madeleine se dirigió con la mirada hacia Catherine, y a continuación preguntó impúdicamente.-¿Sigue usted leyendo a Chesterton, querida? -Sí, lo sigo haciendo, creo que conservo mi interés por los clásicos.-Eso me complace, porque la recuerdo como una alumna muy aplicada y brillante, hubiese sido una pena que le abandonaran las musas, fue usted una niña de raras virtudes-y prosiguió en un tono débil como para que no la oyeran los demás, que se encontraban envueltos en otras conversaciones-, creo que usted ha sido la mejor alumna que nunca tuve, pero no diga nada a los demás, por favor-y dijo esto con esa extraña sonrisa que al poco de llegar le había inquietado; -Me alegro mucho que siga usted cultivándose con los clásicos, porque sin duda esta noche lo va a necesitar.

Dijo esta enigmática frase con una inusual sonrisa, hubiese jurado que maligna, a Catherine se le heló la sangre, un breve pero intenso estallido de pánico explotó por sus venas. Al momento se apaciguó mientras veía a la profesora Madeleine levantarse de su asiento.

Miss Albright pidió un momento de silencio a sus tertulianos e hizo con un hechizante gesto de su mano que centrasen la atención en ella. -Queridos todos, las razones que me empujaron a promover este formidable encuentro son muchas, los recuerdos, los momentos vividos, la literatura, sí. Pero hay una razón principal que me he querido guardar hasta el final-miró su reloj-y ya ha pasado más de un cuarto de hora desde que acabamos de cenar-arrugó con gesto de preocupación senil su avejentada pero blanca frente.- Esto es un juego queridos, he reunido aquí a los que creo que formaron parte de la mejor generación de estudiantes que quizá haya tenido nunca Inglaterra. Me queda poco de vida y sencillamente deseo ver si mis esfuerzos de entonces han dado algún fruto.-Todos escuchaban expectantes, John daba grandes caladas a su puro con desdén, mientras la miraba fríamente. Las mujeres sonreían, todas menos Catherine.

- Uno de ustedes ha sido envenenado esta noche, concretamente el postre es el causante. Alfred se encontraba bebiendo coñac cuando escuchó esto y no pudo evitar escupir parte por el incontinente ataque de risa que sufrió. -Sí profesora, muy muy gracioso-dijo mientras se limpiaba la barbilla, no ha perdido usted su macabro humor inglés.-Siguió riendo mientras en la sala reinaba el desasosiego y la confusión, unos reían otros protestaron.-No es ninguna broma querido-y lo dijo con tal seriedad en su rostro que el silencio se hizo en la sala de forma sepulcral. Todos entendieron que no mentía.
- Queridos, queda una hora y cuarto exactamente para que el veneno haga sus efectos, hasta entonces tienen tiempo suficiente para encontrar la solución que al elegido le supondrá beber el antídoto y salvarse. Así es el juego, si no juegan uno morirá, no sé aún quien. Si no llegan a tiempo, uno morirá.
- Vieja bruja chiflada!! -Irrumpió Tommas- déjese de tonterías, ¿qué diablos de juego es éste y a que viene?.
- El tiempo avanza queridos, el tiempo puede ser una desventaja pero también una ventaja a veces.- Ante la consternación y pánico general Catherine observó el reloj de pie que quedaba junto al ventanal, corrió hacia él. Elizabeth estaba mareada, John le daba aire con un pañuelo, los demás observaban la situación con los ojos estupefactos.

Catherine escrutó el reloj velozmente y encontró un papel atado a uno de los péndulos.

Leyó en voz alta.

- "Ha llegado el momento-dijo la Morsa-de hablar de muchas cosas: del calzado, del lacre y de los buques, las coles...y los reyes".-Todos se miraron impávidos, presas del terror, Anna puso cara de no entender nada, y su expresión era eco del sentir general. Miss Albright sonreía y los miraba. Alfred se levantó corriendo hacia ella y la gritó amenazando con su puño su rostro. -No se qué pretende con esto profesora, dígame que está pasando, donde está el antídoto.
- No, no, no Alfred-le apaciguó como cuando le reñía amablemente en el colegio- la pluma vale más que la espada, deberías saberlo a estas alturas.
- Llamemos a la policía, dijo Elizabeth sofocada, rápido...- pero la interrumpió Miss Albright antes de que acabara. -No hay línea, no hay cobertura de móviles en este lugar, y el hospital más cercano está a una hora y cuarto, ya no les queda tiempo...salvo...-Salvo qué!-gritó Tommas. -Salvo que jueguen, queridos, comiencen por descubrir el autor de la frase.
- Tú debes saberlo,-gritó John a Anna-tienes una editorial, sabrás de libros. -Anna comenzó a sollozar mientras con sus manos tapaba su cara- La verdad es que no sé casi nada de literatura.-confesó avergonzada. -Lewiss Carroll!!, -dijo Catherine-sí. -No dudaba de usted-inquirió Madeleine-no dudaba- repitió chispando sus ojos azules.

Jack tuvo la idea de correr hacia la Enciclopedia Británica que se encontraba en una estantería de estilo victoriano. L. Carroll. -Aquí está!, Escritor británico, C. L. Dodgson, hijo de un clérigo, bla bla bla..."La caza del Snark", "Alicia a través del espejo".-El espejo, claro!- dijo Catherine. Todos comprendieron que la esperanza del grupo recaía en ella. Fueron al espejo del comedor. Era un espejo muy antiguo. No había nada allí, lo levantaron, le dieron la vuelta. Un papel pegado en su reverso decía:

"La pájara vieja,/ la pájara vieja/ en cuaresma es buena: / pero si ya apesta/ la pájara esta/ es mucho para una docena.- Shakespeare! -gritó Jack, -Eso es de Romeo y Julieta, no hay duda. -Recuerdo que el colegio me citabas frases de Romeo y Julieta para lisonjarme-contestó Catherine. -Todos somos morosos de Shakespeare..., pero ahora ustedes lo son más, dense prisa!-dijo Miss Albright. En la enciclopedia no encontraron ninguna pista. Miss Albright les animó a pensar en la frase. -Pájara, pájara...pájara vieja, ni idea-dijo Alfred,- no sé lo que significa. -Ella es la pájara vieja-dijo Tommas señalando con el índice a Miss Albright. -Ja ja ja, -se echó a reír jovialmente la anciana-le aseguro que soy vieja pero nunca fui "pájara",- y dijo esto con un cierto énfasis en el acento, con cierto aire aristocrático. -Pájara en mi pueblo era prostituta, -dijo Alfred, como si eso no tuviera importancia. -Eso es!!-dijo Catherine-, es un insulto que le dice Mercucio a la Ama. -Aún se sigue utilizando, Alfred, aún existe con tal significado en algunos sitios del sur de Inglaterra-sentenció Miss Albright con una sonrisa entusiasta.

- ¿Y qué? ¿qué podemos saber con eso?. -Bueno, eso es fácil-dijo la anciana-sólo hay que encontrarla, a la pájara digo...o que ella se descubra, está en juego su vida...o la de alguno de ustedes. -Yo!! -gritó Elizabeth-yo soy-lo dijo con lágrimas en los ojos. Todos se la quedaron mirando absolutamente obnubilados. Catherine no pudo evitar sentir cierto triunfo sobre ella, nunca le cayó bien, pero de inmediato su nobleza le hizo quitar ese sucio pensamiento de la cabeza. Dando tres suaves palmadas la anciana miró a Elizabeth fijamente y dijo: -Bravo, el que vive más de una vida debe morir más de una muerte, querida, y usted ya está muriendo un poco, ya sólo debe evitar la inevitable y definitiva y devolverle un poco de dignidad a la última vida que le queda.-Es usted una loca repugnante-gritó John. -No querido, no soy ninguna loca, nunca lo fui, pero continúen, no les queda tiempo-y miró su reloj, parecía aquello un examen de antaño pero lo que se aprobaba o suspendía eran sus vidas. -El que vive más de una vida, debe morir más de una muerte...,- repitió la anciana. Catherine observó pronunciar aquellas palabras a Miss Albright, en seguida cayó en la cuenta que en aquella frase continuaba el juego. -¿Quién puede vivir más de una vida?¿Cómo? -preguntó a los demás y a sí misma Catherine. -Reencarnación, dijo John, yo leí un libro hace poco sobre...-¡Calla estúpido! -gritó Mary-estoy intentando pensar-se había mantenido callada todo ese tiempo. -Suplantando a alguien por ejemplo. En ese momento reaccionó Elizabeth. -Os tengo que confesar algo más: soy cómplice del digamos, ejem, asesinato de un viejo aristócrata, el crimen pasivo que cometió dejando morir a su mujer-rompió a llorar desconsoladamente. -La mujer se llamaba Susan, Susan Flowers.
- Ahí está la solución, quizá den con el enigma, pero ya sólo quedan 8 minutos para que el veneno comience a hacer sus efectos-espetó la vieja.
- Flores, sí! En el jardín tiene que haber flores, -animó Catherine con sus gritos a todos los condenados a jugar a aquel macabro juego.

Salió corriendo de la casa hacia el jardín. Había dos parterres, flanqueando a izquierda y derecha la entrada de la casa. Las luces del porche estaban encendidas, pero no había una sola flor, estaban en otoño. Rodearon todos la casa casi atropellándose, buscando algo, ya no sabían el qué, el tiempo era apremiante, pero Eureka! Existía allí justo detrás de la casa un invernadero; estaba cerrado! John y Alfred se demoraron en echar la puerta abajo, cuando entraron todo estaba vacío como si alguien hubiese quitado urgentemente las plantas que allí florecían, a excepción de un conjunto de rosas rojas, perfectamente conservadas, las sacaron y dentro del jarrón que las contenía encontraron un frasco.

- El antídoto! -exclamaron casi al unísono. Parecía muy poca cantidad así que alguien preguntó cuanto debían tomar y como dividirlo.-El tiempo acaba de vencer! -Dijo Anna, el estado de pánico fue general.

La profesora Madeleine, corramos a la casa, ella nos lo dirá!!. Cuando llegaron a la casa encontraron a Miss Albright gimiendo, como presa de fuertes dolores.

Nadie podía creer lo que estaba viendo. La profesora Madeleine Albright era la elegida, ella era la que necesitaba el antídoto.

Catherine le ofreció rápidamente el frasco a la mujer; lo vio claro todo rápidamente. La anciana entre fuertes convulsiones intentó decir algo mientras todos alrededor de su butaca observaban como la piel iba tomando un color azulado.

- Ya...-tosió fuertemente-ya es demasiado tarde queridos.-su voz era entrecortada y tenue, ya no parecía su voz.- quise salvaros, ofreceros como salvación mi mundo, el mundo de los libros; lo intenté pero no resultó, en vuestras vidas, unos os disteis al carpe diem, otros a al vida ambiciosa de los negocios, algunos a una triste y malograda existencia, otros os hicisteis amigos del fracaso en vuestro matrimonio-eso lo dice por mí, pensó Catherine- y otros...- y miró con pena a Elizabeth, ésta ya había tenido suficiente castigo. Prosiguió-No pude salvar vuestras vidas pero a cambio os di sin que lo supierais el salvar mi vida/ las vuestras a través de la literatura también-la ironía hecha realidad-casi todos lloraban, menos quizá Alfred que se mantenía estúpidamente escéptico ante lo que estaba viendo.
- Quise salvaros y quizá no lo logré pero sé que ahora que muero quizá os he salvado en cierto sentido a todos y quizás también a mí misma. Esa es la metáfora que queda con mi muerte, la literatura siempre salvará...-y sacando el último aliento de sus pulmones dijo expirando- en ésta vida no es difícil morir, construir la vida es mucho más difícil.

 

El joven Werther

Sobre el Autor

El joven Werther es el seudónimo utilizado por Ignacio Gómez-cornejo Gilpérez, para el II Premio de Relatos.
Tengo 30 años, estudié ETSII en la UNED especializándome en Mecánica de Máquinas; he trabajado en el mundo de construcción, ingeniería de instalaciones de climatización y actualmente coordino y superviso ejecución de instalaciones mecánicas en obra nueva. De siempre leo de todo lo que cae en mis manos y escribo algo siempre que puedo y la inspiración me lo permite.

 

Sobre el Concurso

La AIIM convocó, el pasado 2003 convocado dos cursos, uno de Relatos cortos y otro de Poesía, extensivos a ingenieros industriales, con plazo hasta finales de mayo.

Actualmente, la AIIM está trabajando en la edición de todas las obras premiadas en el II Premio de Relatos y el II Premio de Poesías. Esperamos ponerla próximamente a disposición de nuestros Asociados.

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