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¿Cuantas Historias?
2º Premio del II Premio de Relatos
El trabajo se amontonaba, y tenía que entregar varias historias antes del cierre de la edición. No tenía otra opción: enclaustrarse en su minúscula habitación y forzar la máquina. Sabía que iba a ser una dura jornada de trabajo, ya tenía algunas ideas que le bullían en la cabeza, deseando salir y tomar vida. Se relajó, se sentó en su escritorio y dejó que los personajes inundaran las hojas en blanco.
"Todo era negro en esa parte del bosque, no se oían más que los cascos de un caballo, que se acercaba sin ningún tipo de prisa.
-No puedo más, necesito descansar, y el caballo también; y esto de hablar solo no puede ser bueno. No he visto a nadie en varios días, estoy hablando conmigo mismo y no tengo fuerzas suficientes como para seguir.
Bajó del caballo, atándolo a una rama y cuidando de hacer el menor ruido posible optó por envolver los cascos en trapos que amortiguaran su golpeteo. El caballo negro se dejó conducir sin dificultad, agotado al igual que el jinete. Tras desensillarlo, el caballero pudo entonces recorrer el lugar en el que se encontraba. Primero con la vista, para después cerciorarse con rápidos y sigilosos movimientos. Era necesario actuar con precaución pues todos estaban en peligro, y en cualquier momento la búsqueda podía decantarse hacia uno u otro lado de los contendientes. Anhelaba encontrar un sitio donde poder refrescarse, e incluso bañarse; sabía que eso le haría sentir mejor.
No tardó en encontrar una pequeña corriente de agua que se deslizaba entre musgos y rocas. Estaba seguro que siguiendo la corriente encontraría alguna pequeña laguna donde poder darse un pequeño placer, poder disfrutar de los ruidos de la noche y sentirse por un momento olvidado.
En ese empeño estuvo dedicado un tiempo, hasta que finalmente halló lo que buscaba.
La pequeña arboleda indicaba la presencia de agua; y a pesar de la oscuridad y del absoluto silencio siguió siendo precavido, acercándose al lugar como lo haría cualquiera de los animales que por la noche se acercan a las charcas. La laguna se fue abriendo paso entre las ramas de los árboles. Los lentos movimientos de la superficie le llamaban, era todo lo que deseaba en esos momentos.
Por un momento se olvidó de quién era y de dónde estaba, y de que su vida era suya, de que podía descansar, de que podía olvidar. Descuidando todo tipo de precaución saltó hacia la promesa de paz de la laguna.
El agua fría le volvió a la realidad, pudiendo ver con más claridad los alrededores. Ella estaba allí, la dama blanca, iluminando la pequeña zona de arena en la que se encontraba de pie, mirándole. Era la perfección y no pudo más que admirarla, sin ningún reparo por su propia desnudez. Supo que había logrado llegar al final; no sabía porqué, pero estaba completo.
Se acercó a ella, y entonces pudo notar el rítmico movimiento de su respiración. Necesitaba tocarla y poder sentir su piel sobre la suya. Su presencia le trastornaba más incluso de lo que nunca pudo imaginar, la ansiedad le recorría el cuerpo, la boca seca.
Adelantando una mano insegura se atrevió a posar sus dedos sobre su cara, recorriendo lentamente la línea de sus cejas, bajando por sus párpados, descubriendo los oscuros montes que ofrecían sus pómulos. Rozó el contorno de sus párpados y extendió la mano para poder notar el tibio calor de sus mejillas. Podía sentir la respiración de la dama sobre el dorso de su mano, sobre la punta de sus dedos. Finalmente se encontró con sus labios, no podía dejar de mirarlos, brillantes a pesar de la oscuridad. Tocarlos y sentirlos, los recorrería una y otra vez, en todo instante cambiantes, suaves en las comisuras y tersos, con vida propia. Eran unos labios perfectos, perfectos para cualquier cosa.
Con un movimiento inesperado ella giró la cabeza y sus labios recorrieron la palma del caballero; no tuvo más conciencia de sí mismo que la que le permitía captar el olor y el calor que emanaba de ellos. Allí estaba él, sin poder apartar la vista de esos labios y que le imponían la necesidad de saber más de ellos.
Su cabeza comenzó a acercarse lentamente, la dama parecía no eludirle, y él deseaba poder recorrer esos labios con los suyos. Poder humedecerlos y hacerlos resbaladizos. Finalmente se encontraron, muy despacio y sin respirar, pudo captar el movimiento de su labio inferior adentrándose entre los suyos; podía sentir el pálpito de los dos corazones a través del contacto entre sus labios.
La dama blanca comenzó a estrecharle entre sus brazos, apretándose poco a poco contra el cuerpo del caballero. Él apenas podía sentir otra cosa que no fuera su boca, e incluso cuando la daga se abrió camino hacia su corazón y la sangre caliente empezó a derramarse por los brazos de ella y por todo su cuerpo, no pudo más que sentirse completo por primera vez en su vida.
Con este movimiento final se levantó de la mesa, y mirando a su oponente a los ojos se permitió una pequeña sonrisa. La jugada había sido magnífica, las negras estaban perdidas. La posición del caballo negro era clave. Sólo tuvo que añadir:'próxima mate'."
Bueno, ya estaba. La historia había salido rápido y sin problemas; eso le daba esperanzas de poder terminar a tiempo. Notó que había estado en tensión y trató de relajarse. No podía permitirse el lujo de descansar mucho tiempo.
Miró a su alrededor y se dio cuenta que la luz del día estaba empezando a desaparecer; ya pronto se encenderían las farolas de la calle y entonces tendría que utilizar la lámpara del escritorio, cosa que no le gustaba pues reflejaba en el espejo del armario y le devolvía su propia figura desde distintos ángulos. Este hecho le desconcentraba, pues el mero hecho de verse a si mismo cuando toda su cabeza estaba llena de imágenes le creaba una momentánea pérdida de identidad. Un día de estos tiraría el armario.
Se volvió nuevamente a sus hojas en blanco, tomó su boli y dejó a nuevos personajes salir:
" El sol hacía un rato que había salido.
-¡Arriba antes de que me sea imposible levantarme¡
Notaba los ojos pesados y la luz le molestaba como nunca. Era ese momento de la mañana en el que se está a gusto en cualquier postura. No tenía ni frío ni calor, y tuvo la tentación de volver a cerrar los ojos.
Algo más tarde el calor se hizo tan insoportable que definitivamente se vio obligado a levantarse. Saltó de la cama y maldijo en voz alta la ausencia de persianas en las malditas ventanas. Hoy tenía un mal presentimiento, no iba a ser un buen día.
Se mojó la cara y de forma mecánica se dispuso a comenzar sus ejercicios; primero un poco de estiramientos, sin forzar demasiado. Después empezó a trotar, llevaba un paso rítmico y acompasado, haciendo que todo su cuerpo se comportara sin brusquedades, aprovechando de manera eficaz todos y cada uno de sus movimientos. Cuando entró en calor estuvo en condiciones de forzar el ritmo, ya no le preocupaba tanto el estilo, sólo quería machacarse para echar fuera las toxinas. Notaba como el sudor se extendía por todo su cuerpo, y poco a poco el pelo empezó a apelmazarse sobre su piel. Sabía que pronto le molestaría, pero no le importaba, ya se lo secaría más tarde. El ejercicio era frenético y la respiración incontrolable, pronto tendría que parar.
La puerta se abrió de golpe, como todas las mañanas y la pequeña entró corriendo con los brazos extendidos. Ya era un poco tarde, pero nunca se olvidaba. Miró a la ventana, y allí estaba, esperándola como todos los días. Se acercó hacia él muy despacio, para no asustarle, abrió la jaula y detuvo el trote alocado del hamster; mientras lo sacaba, la noria de juguete seguía dando vueltas sin parar. Su pelo estaba chorreando y sus ojitos rojos medio cerrados por la luz. La niña lo acercó a su pecho y empezó a darle besos y abrazos, como todas las mañanas.
El pequeño animal empezó a chillar, como queriendo hablar; se revolvía como nunca lo había hecho antes; la niña gritaba eufórica, al igual que su hamster.
Notaba cómo su corazón palpitaba cada vez más rápido. No le soltaba, y el abrazo cada vez era más y más fuerte; poco a poco empezó a perder la visión. Sabía que hoy no iba a ser un buen día, pero no que pudiera ser el último."
Nuevamente se relajó. Se vio forzado a encender el foco, era ya casi de noche. El tiempo pasaba volando, pero la historia quería continuar, quería salir, luchaba contra él para que le prestara atención; él quería descansar, pero le pedían más, nuevos personajes se abrían paso y no tuvo más remedio que ceder:
"La niña bajó corriendo las escaleras, con los ojos húmedos y con algo oculto entre sus pequeñas manos. Lloraba sin parar mientras buscaba a su madre de forma desesperada, por fin lo logró.
- Mamá, se ha muerto Tomy.
La madre se volvió hacia ella, sabía que antes o después tenía que ocurrir, así pasaba con los niños pequeños. No son capaces de controlar sus impulsos.
- No te preocupes, cariño; Tomy era ya viejo, te compraremos otro en cuanto podamos.
- Pero mamá, yo no quiero otro, quiero a Tomy; además papá me prometió que nunca me dejaría.
Bastantes problemas tenía ya. Pensó que hot no le tocaba a ella solucionar éste; además le había dicho a su marido que lo del ratón no era una buena idea, pero como siempre, no le hizo ningún caso.
- Ya sé lo que haremos. Buscaremos a papá y le enseñaremos a Tomy, ya verás cómo él lo pone bueno en un momento.
Ambas se cogieron de la mano, y subieron hasta la habitación. Mientras caminaban hacia el cuarto a despertar a su marido, iba pensando que ya era hora de despertarlo.
Abrieron la puerta con mucho cuidado, para no asustarle. Descorrieron las cortinas de golpe y se acercaron corriendo a la cama, quitaron las sábanas, y entonces no pudieron reprimir los gritos. Allí estaba lo que quedaba de su marido, no había sangre, pero todo sus cuerpo era un imposible. La mujer se desmayó, la niña sin embargo ni se inmutó, quedando delante de la cama, donde la había dejado su madre...
-Mamá, mamá, Pedro ha estado jugando con mi casa de muñecas, y me ha destrozado al papá.
Marta acababa de abrir la puerta de la habitación de su pequeña casita y había visto al muñeco destrozado.
Pedro mientras tanto salió de su escondite, tenía que estar lejos antes de que su madre saliera detrás de él. Ya se inventaría algo después, siempre lo hacía, pero por lo menos se había librado de aquel muñeco, le miraba con ojos casi humanos."
Una vez que había salido podía dejar de escribir, esta vez creía que era la última, ya no había nadie más llamando dentro de su cabeza. Por hoy el trabajo estaba hecho, mañana seguiría, o al menos lo intentaría. Le escocían los ojos, y la luz artificial le cansaba la visión, llegando un momento en que lo veía todo nublado.
Apagar la luz y dormir, eso era todo lo que necesitaba ahora, y así lo hizo.
La luz reflejada del espejo del armario no se apagó; allí la figura seguía escribiendo, y esta vez sí que controlaba las historias que a él acudían, porque él era su propia historia.
K Juan Perro
Sobre el Autor
K Juan Perro es el seudónimo utilizado por Juan José Patilla Sordo, para el II Premio de Relatos.
Ingeniero de profesión siempre tiene un hueco libre para perderse dentro de un mundo donde no rige la lógica. Nacido en Madrid hace 30 años y con más años de estudios que de práctica, utiliza sus cuentos para buscar otro significado de aquello que le rodea...paisajes, sueños, personas...
Sobre el Concurso
La AIIM convocó, el pasado 2003 convocado dos cursos, uno de Relatos cortos y otro de Poesía, extensivos a ingenieros industriales, con plazo hasta finales de mayo.
Actualmente, la AIIM está trabajando en la edición de todas las obras premiadas en el II Premio de Relatos y el II Premio de Poesías. Esperamos ponerla próximamente a disposición de nuestros Asociados.

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